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Viernes, 20 de Mayo de 2016 08:03

Homilia de Mons. Arturo en el Centenario de la declaración de la Patrona de Cuba

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El Cobre, 10 de mayo de 1915

Centenario de la declaración de la Patrona de Cuba

 

 

Queridos hermanos y hermanas,

 

Hoy, bajo la mirada maternal de Santa María de la Caridad del Cobre, Virgen Madre y Patrona de Cuba, nos reunimos junto al altar del Señor para celebrar el santo sacrificio de la Misa, la renovación en el tiempo de la entrega salvadora de Jesucristo en la Cruz.

 

Reunirnos para celebrar la Eucaristía nos lleva a descubrir la presencia siempre discreta y eficaz de la Virgen Madre del Señor Jesús y de la comunidad de discípulos. Ella, como en Belén o como en el Calvario no sólo nos entrega al Hijo, también nos acepta a nosotros en su compañía e incluso nos asume como hijos en el Hijo.

 

Por eso no hemos de extrañarnos que junto a la Iglesia naciente, el día de Pentecostés, esté presente la Virgen Santísima, aquella bendita mujer cuyas entrañas virginales el Espíritu Santo fecundó con su gracia para darnos a Jesucristo, el Salvador, el Dios con nosotros.

 

Por eso no hemos de extrañarnos que la piedad de los creyentes invoque a la Virgen Madre del Señor Jesús como madre suya, con la confianza que una madre buena inspira y genera en sus hijos. Ella se hace presente en la vida de los pueblos. Ella sigue acompañando a la comunidad creyente y a toda la humanidad como madre solícita que no se cansa de velar por todos y cada uno de sus hijos.

 

Por eso tampoco hemos de extrañarnos que la historia de la Nación cubana también se vea bendecida por el amor maternal de María Santísima, bajo el título de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, nuestra querida Virgencita de la Caridad, nuestra entrañable Cachita, que un día del ya lejano 1612 llegó a nuestras tierras por las revoltosas aguas de la bahía de Nipe, para nunca más marcharse.

 

Es el amor a Ella, es la confianza en Ella, es la devoción a Ella, la que anima, hace posible y realiza esta numerosa y devota asamblea de hijos fieles aquí reunida, celebrando A LA MADRE, CUANDO SE CUMPLEN 100 AÑOS de aquel 10 de Mayo de 1916 en que fuera declarada PATRONA DE CUBA, MADRE, SEÑORA Y ABOGADA NUESTRA.

 

Estos sentimientos de filial amor y devoción a la Virgen de la Caridad, hunden sus raíces en los umbrales de nuestra historia patria, en los inicios de nuestra conciencia nacional.

 

No en vano, en nuestras gestas libertarias, en cada carga de machete, era invocado Su nombre e implorado su amparo maternal, por aquellos mambises nuestros, primeros forjadores de la Patria y de la Nación cubana.

 

No en vano esos primeros patriotas y mártires –como se ha seguido haciendo a lo largo de nuestra historia, hasta nuestros días– supieron llevar, ya como medalla colgada al cuello, ya como estampa celosamente guardada en un bolsillo, supieron llevar la santa y bendita imagen de la Virgen de la Caridad, que les hacía sentirse como resguardados por la protección de la Madre y Señora.

 

No en vano, también el poeta haciéndose eco de la piedad de su pueblo ha sabido dejar plasmado en sus versos el amor filial:

 

Madre, llevarte quiero conmigo,

Llevarte en mi pecho,

Llevarte en mi corazón

Que siempre estés a mi lado para sentir tu calor,

Calor de Madre buena, calor de Madre con amor.

 

Estos sentimientos de amor filial a la Virgen de la Caridad, fueron los que hace 100 años impulsaron a nuestros mambises, ya veteranos de las gestas de independencia, a pedir, a su Santidad el Papa Benedicto XV, que solemnemente declarara a la Virgen, morena y cubana, Santa Maria de la Caridad del Cobre, como PATRONA DE CUBA.

 

Estos sentimientos de gratitud y de bendición a la Virgencita del Cobre, son como una encendida ANTORCHA de fe, de amor y de confiada esperanza en Ella, que cual maratón de relevo encendieron e iniciaron nuestros bis-nonos, nonos, tatarabuelos, bisabuelos y abuelos, y que ha llegado hasta nosotros de generación en generación, para que HOY asumamos el serio compromiso y la tremenda responsabilidad de mantenerla encendida, alimentando el fuego de esa antorcha con nuestra fe de hoy, con nuestro amor de hoy a Dios y al prójimo, con nuestra confianza y nuestra esperanza de hoy, en la siempre Virgen María, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre!

 

Sería insensato e imposible tratar de encerrar en el breve espacio de una homilía, toda la profundidad, toda la altura, toda la extensión, toda la riqueza de ésta bendita tradición mariana y cubana, cubana y mariana, de amor y devoción, de confianza y gratitud de nuestro pueblo a la Virgen de la Caridad.

 

¡Cuántas lágrimas de dolor, aliviadas al calor de una invocación a la Madre!

 

¡Cuántas lágrimas de alegría, derramadas con gratitud en una acción de gracias a los pies de la Virgen!

 

¡Cuántas lágrimas de esperanza, acompañadas de una profunda confianza, en una oración de súplica a la Madre en momentos difíciles de la vida!

 

Baste pensar en este su Santuario - Basílica del Cobre…. Baste pensar en este o en cualquiera de nuestros templos, donde no falta su bendita imagen como referencia del amor filial hacia la Madre buena… Baste pensar en cuantas ermitas y urnas nacieron un día y hoy vuelven a aparecer a lo largo de nuestros caminos y carreteras, en las fachadas de nuestras casas, junto a nuestros bohíos… y todas ellas para hacerle un lugar cercano y visible a la Virgen Madre… para sentir su presencia maternal y hacerla descubrir a los transeúntes…

 

 

 

Qué incontable el número de los hijos que en uno o en otro lugar, hincados de rodillas ante la Madre y Patrona, a Ella, con ternura y devoción, con fe y esperanza, con amor, han acudido en la encrucijada difícil de sus vidas, en el conflicto lacerante para sus corazones, en la hora de emprender el camino con rumbo a otras tierras, en las decisiones importantes, en el agobio agotador de sus problemas... para decirle con sencillas palabras, y con la certeza de ser escuchados y acogidos, con optimismo y seguridad en el amor de la Madre, para decirle: Virgencita de la Caridad, ayúdame!

 

Y qué incontable también la multitud de los que a Ella han vuelto otro día, con el corazón sosegado, con el alma pacificada, con el espíritu levantado, para decirle entonces con tono de emoción y de filial ternura y gratitud: Gracias, Madre de la Caridad!

 

Esta es la herencia recibida que echa sus raíces en los primeros cimientos de nuestra conciencia patria. Esta es la antorcha encendida de amor y de fe a María de la Caridad, Madre del Señor Jesús, Madre y Patrona del pueblo cubano, que nos han legado nuestros mayores y que ahora nos toca a nosotros transmitir a las futuras generaciones:

 

Para que Ella siga siendo en medio de nuestro pueblo cubano la MADRE que nos ofrece al único Salvador y Redentor, Jesucristo el Señor… cuya presencia no debe ser temida, sino deseada en todas las circunstancias de la vida. ¡El da, no quita nada! ¡El redime, hace nuevas todas las cosas!. El inspira y alienta con su Espíritu todo lo bueno que puede nacer en la vida de los hombres y de los pueblos.

 

Para que Ella siga siendo para cada cubano, donde quiera que se encuentre, fuente inspiradora de amor y reconciliación, bajo cuyo manto todos seamos capaces de vivir en la pobreza, la caridad; en la diversidad, la unidad; en la pluralidad, el respeto mutuo; en las decisiones, la participación y el bienestar de todos; en la necesidad, el compromiso solidario; en la prosperidad, la generosidad.

 

 

 

Para que Ella siga siendo en los momentos de éxito y triunfo, “causa de nuestra alegría”; en las dificultades, “consuelo de los afligidos”; en los momentos de incertidumbre, “Madre del buen consejo”; en las horas de soledad, “dulce compañía”; en la fragilidad humana, “refugio de los pecadores”; en la enfermedad, salud y fortaleza.

 

Hoy, bajo la mirada amorosa de la Virgen de la Caridad, en esta celebración centenaria, ponemos:

 

A Cuba, nuestra querida Patria, a cada uno de sus hijos, con sus virtudes y sus defectos. A la Cuba de los obreros y campesinos. A la Cuba de los intelectuales y artistas. A la Cuba de los estudiantes. A la Cuba de nuestros niños, adolescentes y jóvenes. A la Cuba de nuestras madres y padres. A la Cuba de nuestros ancianos. A la Cuba de nuestros Obispos, Sacerdotes, Diáconos, Religiosos, Religiosas, Seminaristas y fieles cristianos. A la Cuba de nuestros enfermos. A la Cuba de nuestros presos. A la Cuba de nuestros emigrantes, exiliados y enviados a misiones. A la Cuba de nuestras familias. A la Cuba de nuestros pobres y necesitados. A la Cuba de nuestras autoridades. A la Cuba de los que buscan un futuro mejor. A la Cuba de nuestro pueblo cubano entero, donde cada uno se sienta persona. A la Cuba de los extranjeros que comparten nuestra vida de cada día. A la Cuba de los que viven en esta isla bañada por el mar Caribe y los que están en cualquier otra parte del mundo.

 

Hoy, bajo la mirada amorosa de la Virgen de la Caridad, en esta celebración centenaria, ponemos:

 

A la Iglesia que peregrina en estas tierras; esta Iglesia que quiere ser como María Virgen, reflejo de la bondad de Dios; esta Iglesia que quiere seguir viviendo en medio de su pueblo, compartiendo sus alegrías y sus penas; la Iglesia que siempre tiene que volver su mirada a Dios para encontrar en El la sabiduría y las fuerzas necesarias; la Iglesia que se siente Madre y hermana para acoger y servir con humildad; la Iglesia que fiel al mandato del Señor quiere anunciar a todos el amor misericordioso del Padre; la Iglesia que quiere tomar la cruz, o lo que es lo mismo, asumir los retos de cada día con amor, aunque esos retos conlleven sacrificios, responsabilidades, renuncias, entrega, incomprensiones, riesgos y peligros… porque sabemos que el que pierde la vida por amor a Cristo, la gana, la salva.

 

Hoy, bajo la mirada amorosa de la Virgen de la Caridad, en esta celebración centenaria, ponemos:

 

A todo el pueblo fiel, devoto de la Virgen de la Caridad, que desde todos los rincones de Cuba eleva su mirada hasta la imagen de la Virgencita en el altar de la familia; a todos cuantos peregrinan hasta este Santuario, sin tener en cuenta sacrificios y esfuerzos personales, para cumplir el anhelado deseo de contemplar el rostro de la Madre común, ofreciéndole el homenaje de su corazón agradecido y dejándole sus flores, velas y exvotos, para regresar a casa con la esperanza renovada y la vida transformada.

 

Virgen de la Caridad, tú eres el orgullo de nuestro pueblo!!!

Bendice estas tierras cubanas en cuyas verdes praderas, elegiste Señora un altar!!!

No abandones, Oh Madre, a tu pueblo. Libra a Cuba de llantos y afanes.

 

Virgen de la Caridad, santa y cubana, que la caridad nos una.

 

 

Virgen de la Caridad, ruega por nosotros.

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