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Martes, 26 de Febrero de 2013 10:58

Padre Alberto Chao y Olaortua

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Padre Alberto Chao Padre Alberto Chao
(Datos tomados de escritos de Mons. Fernando Prego y Manuel García Garófalo)

El Padre ALBERTO CHAO Y OLAORTUA, fue un hombre excepcional que tomó como modelo a Cristo y le sirvió como a un San Francisco de Asís, brillando en todos sus actos el amor y la caridad.

Nunca será suficiente lo que se diga para describir los hechos inspirados por Dios y realizados aquí por uno de sus más modestos y pobres sacerdotes, en un período tenebroso de luchas sangrientas y de toda clase de miserias, cuando la guerra sostenida entre Cuba y España arruinaba y aniquilaba a la Perla de las Antillas,

defendiéndose por unos, el derecho de dominación y por los otros, el ideal de libertad y de independencia de la patria.

Terrible fue la tragedia: el hambre y la muerte se cebaron despiadadamente con las víctimas. Entonces sobresale magníficamente el Padre Chao. Su abnegación y su amor a Cristo no tienen comparación. Actuó enérgicamente y sobre tantas calamidades se reveló como verdadero Apóstol.

Los acontecimientos lo obligaron a enfrentarse con el déspota inhumano. Convirtió la iglesia parroquial en hospital y en asilo sus dependencias particulares; prestó asistencia y consuelo a los enfermos, recogió a su abrigo a los niños y a las mujeres y dio protección a los ancianos, a todos amparó bajo su techo, evitando que murieran en la vía pública, desamparados.

En el período de la reconcentración es cuando más se destaca la acción del Padre Chao. Carecía de medios de fortuna; sus auxilios eran los ingresos de la Parroquia y todo, absolutamente todo, lo gastaba en su obra y agotados éstos, apelaba a la caridad, a la limosna que demandaba de puerta en puerta, incansable en su misión. Todos en Santa Clara, escenario de su vida y de sus obras, le ayudaba en medio de una situación económica sumamente difícil.

Los recluidos en la Iglesia y en las dependencias de la misma, merecieron el cuidado más solícito y amoroso del Padre Chao. Era aquella casona insuficiente para albergar tanta miseria y el buen Cura siempre encontraba un hueco donde coloca una cama o extender en el suelo un colchón. Para todos tenía el Padre Chao un pedazo de pan, un consuelo y una frase de caridad.

Nació Francisco Alberto Chao y Olaortua, en la ciudad de Vitoria, provincia y capital de Alava, España el día 6 de agosto de 1839.

Los buenos ejemplos del hogar, viviendo dentro del amor a Dios, formaron el carácter y los sentimientos religiosos de Francisco Alberto, que desde su infancia sentía inclinación al sacerdocio..

Luego de terminar su segunda enseñanza, entra al seminario. Al cumplir los 23 años de edad, Francisco Alberto es ordenado diácono. El día 19 de septiembre de 1863, es promovido a la sagrada Orden del Presbiterado.

Después de servir en varias parroquias de su diócesis, llevado por los impulsos de su corazón generoso, en septiembre de 1865 se trasladó a la Diócesis de La Habana.

Triste y sombrío era el cuadro que tenía ante sí el joven sacerdote al desembarcar por el puerto de La Habana el día 18 de agosto de 1866. Eran días turbulentos de grandes agitaciones políticas, por las Conferencias que se celebraban en Madrid, sobre las reformas que se debían de implantar en Cuba y en Puerto Rico y el derrocamiento de la reina Isabel II.

Fray Jacinto María Martínez y Sáenz, Obispo de La Habana, dispensó una fraternal acogida al Padre Chao, nombrándolo congregado de la iglesia convento San Felipe, en La Habana, para posteriormente  prestar sus servicios como capellán interino en la guarnición en la ciudad de Cárdenas.

Estuvo como párroco interino en: Alacranes, Mordazo, La Palma, Ceja de Pablo y  Quemado de Güines.

En las oposiciones verificadas en diócesis de La Habana en el año 1889, el Padre Chao, obtuvo la parroquia de San Agustín de Alquizar.

El estado de su salud era muy precario –con frecuentes y violentos ataques de asma- por lo que los médicos le recomendaron la conveniencia de un traslado. Así, llegó a Santa Clara con el nombramiento de párroco y vicario foráneo.

Al tomar posesión de su cargo el Padre Chao pronunció las siguientes palabras, cuyo borrador fue encontrado entre sus papeles personales:

La voluntad de Dios: la bondad de nuestro respetabilísimo Prelado y la benignidad de los dignísimos Sres, Sinodales, hanme traído a ocupar este lugar. Sea pues mi primera palabra para manifestar mi agradecimiento profundo y sin límites. Soy sucesor en este puesto de dignísimo párroco. Inferior a todos ellos en mérito, soy igual en deseos y tengo las mimas aspiraciones.

Lo que falta a vuestro Cura, lo supliréis vosotros con esa viva fe y caridad ardiente de que tantas pruebas habéis dado Al contar con vuestro auxilio, yo os ofrezco el mío de corazón, espontáneo y sin condiciones. Alma y cuerpo debe el Cura a sus feligreses y alma y cuerpo os consagraré totalmente.

Mi misión es conservar el depósito de la fe en las almas de los creyentes y aumentarlas todo lo posible. Nada de negocios temporales o terrenos. La política del Cura no es otra sino que Cristo sea Rey de todos los hombres; que su doctrina y su amor y sus preceptos y sus consejos, vengan a ser como el alma del individuo, de la familia, de la sociedad, del mundo.

Ved ahí el camino por donde pienso andar y con el favor del cielo no me separaré de él, ni a uno u otro lado, fija siempre la mirada en el lema de la bandera que nos guía: Cristo, Dio- Hombre, Rey eterno, Salvador del linaje humano.

Por ese mismo camino os exhorto, amados hijos, a que caminéis vosotros, sin apartar vuestros ojo de la clara luz de su fe, faro inextinguible que alumbra los derroteros de la vida y que guía al puerto la nave, libre de zozobras y naufragios., No olvidéis por un instante que Jesucristo es la Verdad, y que esta verdad libra al hombre de odas las tiranías, empezando por la del error, que hace esclava la inteligencia: Continuando por la del vicio, que hace esclavo el corazón, y terminando por la fuerza, que haciendo esclavos los cuerpos, oprime con sus cadenas los cerebros y las conciencias.

Tengo el honor de saludarlos y de daros las más expresivas gracias por haber honrado con vuestra presencia este acto. De lo íntimo de mi alma, con todo mi corazón pido a Dios nuestro Señor, os bendiga desde el cielo, y después de las venturas de la tierra os dé la felicidad eterna de su gloria.

El Padre Chao estaba dotado de una clara inteligencia, un profundo conocimiento de los hombres y las cosas; juzgaba con amplitud de criterios y tenía una voluntad tesonera. Hombre de profunda piedad, acostumbraba a levantarse con la salida del sol y cuando celebraba su misa tempranera había ya cumplido todas sus prácticas de devoción personal.

A pesar de lo extenso de su parroquia, llegó hasta los lugares más apartados creando escuelas y llevando el mensaje del Evangelio. En él reconocieron muy pronto el sacerdote virtuoso y trabajador que en todas partes predicaba a Jesucristo y ejercía la caridad. Trabajó afanosamente en reformar el antiguo templo construido por el Padre Conyedo.

En distintas ocasiones hizo sentir su protesta contra Weyler y sus inhumanos procedimientos. Con sus gestiones evitó el fusilamiento de muchos inocentes.

El desfile del Ejército Libertador al entrar en Santa Clara, pasó por la casa parroquial. Allí en un balcón estaba el Padre Chao. Aquel ejército aclamó con delirante entusiasmo, con respeto y veneración al anciano sacerdote.

La ovación fue estruendosa y a ella se asoció el pueblo villaclareño que presenciaba el desfile. Varios oficiales, encabezados por el general José de Jesús Monteagudo pasaron a ofrecerle sus respetos. La gratitud y la admiración por el Padre Chao al finalizar la guerra no tuvo límites.

Meses antes de cesar la dominación española en Cuba, ya el Padre Chao había solicitado permiso para regresar a su tierra y había presentado la renuncia a su parroquia. En Marzo de 1899 el obispo Santander y Frutos le expidió las Letras Comendaticias.

Muchas fueron las personas que trataron de convencer al Padre Chao para que permaneciera en Cuba, en su querida Parroquial Mayor de Santa Clara. Sus amigos, autoridades civiles y militares, personalidades influyentes… todo fue inútil.

Preparó su escaso equipaje: una pequeña maleta y la ropa que llevaba puesta y… regresó a su patria.

El 12 de noviembre de 1901 entregó su alma a Dios a causa de un ataque cardíaco.  Ejercía su ministerio sacerdotal como capellán del hospital civil de Santiago, en la ciudad de Vitoria.

Murió como había vivido: pobre y sirviendo a los pobres y enfermos.

Durante largos años se conservó en Santa Clara el recuerdo del Padre Chao. En el parque Leoncio Vidal existió un pequeño monumento que servía de peana a su busto colocado en el mismo lugar donde estaba la casa parroquial que él habitó, adosada a la antigua iglesia.  Tanto la iglesia como la casa parroquial fueron destruidas en el año 1923 para embellecer el parque. Hoy el busto se encuentra frente al Teatro La Caridad.

Last modified on Martes, 26 de Febrero de 2013 11:49

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