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Jueves, 17 de Abril de 2014 07:18

Homilia de Mons. Arturo González, Misa Crismal 5 de abril de 2014

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Queridos hermanos:

 

 

 

Ante todo quiero saludarles muy fraternalmente. Gracias por los esfuerzos que han realizado para participar en esta asamblea eucarística diocesana, ya cercana a la Pascua del Señor.

 

 

 

Hoy celebramos la misa crismal, Iglesia diocesana reunida para invocar a su Señor y bendecir los sagrados óleos, reunida en torno a su pastor y al mismo tiempo los pastores reunidos para renovar las promesas sacerdotales,

acompañados por el pueblo fiel. Se trata de una liturgia muy rica y que tiene grandes implicaciones, implicaciones de comunión, para el Obispo, para el presbiterio diocesano, para toda la Iglesia local.

 

 

 

Primeramente comunión con Cristo que es nuestra cabeza, “el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos… aquel que nos amó y nos purificó de nuestros pecados con su sangre y ha hecho de nosotros un reino de sacerdotes para su Dios y su Padre”, sin Él nada podríamos hacer. Así nos lo ha recordado el libro del Apocalipsis.

 

 

 

Indiscutiblemente esta es una llamada a reforzar los lazos de unión con Cristo el Señor, a renovarnos en el amor, a no olvidar las primeras experiencias de vida cristiana que brotaron del encuentro personal y comunitario con Cristo.

 

 

 

El paso de los años, la rutina de la vida, el polvo del camino que se nos ha pegado, la incidencia en nuestra vida de costumbresy estilo que nada tiene que ver con los Evangelios, algunas veces la falta de buenos testimonios en la vida de los cristianos adultos…  han enfriado el "primer amor". Es necesario renovarlo contando con Dios  y para ello "nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial. Puestos ante Él con el corazón abierto, dejando que Él nos contemple... Cuánto bien nos hace que el Señor vuelva a tocar nuestra existencia. (264)

 

 

 

Solamente "unidos a Jesús, buscamos lo que Él busca, amamos lo que Él ama”. (267) Sabemos bien que la "vida en Él se vuelve mucho más plena y que con Él, es mas fácil encontrarle un sentido a todo". Ánimo, el Señor camina con nosotros, comparte nuestras preocupaciones. Su gracia no nos falta, su amor no nos abandona.

 

 

 

La Cuaresma que estamos terminando nos ha entrenado para llegar rejuvenecidos en la fe a las fiestas de Pascua, donde todos podremos renovar libre, responsable y conscientemente las promesas bautismales, que en definitiva no es más que un ser para Dios en Cristo Jesús. Rezo para que esta comunión con Cristo se haga vida en cada uno de nosotros, pastores y fieles.

 

 

 

En la misa crismal, como en todas las Eucaristías que celebramos, se expresa la profunda unión entre Cristo, el ungido del Padre y su cuerpo que es la Iglesia... pero también la Eucaristía se convierte en auténtico germen de “Iglesia en comunión con la humanidad”.

 

 

 

Somos bautizados, ungidos por el Espíritu y enviados con la misma misión que su Señor: “para dar la buena noticia a los que sufren, para anunciar el año de gracia del Señor”.

 

 

 

La lectura del profeta Isaías, que es el texto que Jesús toma en su visita a la sinagoga de Nazaret, implica la comunión con Dios y con los hermanos, la dimensión personal de la fe como vínculo con Dios es inseparable del compromiso comunitario de la fe.

 

 

 

Al respecto el Papa Francisco nos decía: “cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios” y si quieren “cada vez que se nos abren los ojos para reconocer al otro, se nos ilumina más la fe para reconocer a Dios” (272)

 

 

 

En la Iglesia y en el mundo todos tenemos un lugar y estamos llamados a prestar un servicio diferente, donde nadie puede decir que no sabe qué hacer o que no necesita del otro. Las necesidades claman, el anuncio del Evangelio y la ayuda a los más pobres y necesitados.

 

 

 

“A veces sentimos la tentación de ser cristianos manteniendo una prudente distancia de las llagas del Señor. Pero el Señor quiere que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás (270), acercándonos al otro. Sólo puede ser buen cristiano “alguien que se siente bien buscando el bien de los demás, deseando la felicidad de los otros” (272)

 

 

 

“Uno que vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra”… asiste a “un lento suicidio” (272). Salgamos sin temor para “iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (273) para que “hoy mismo se cumpla este pasaje de la Escritura que acabamos de oír”.

 

 

 

“Es verdad que, en nuestra relación con el mundo, se nos invita a dar razón de nuestra esperanza, pero no como enemigos que señalan y condenan. Se nos advierte muy claramente “Háganlo con dulzura y respeto”… Acerquémonos a las llagas actuales de Cristo reconociendo la dignidad de cada persona, haciéndolo con los mismos sentimientos de Cristo, amando como Cristo ama a los que han sido creados a imagen y semejanza de Dios.

 

 

 

Es verdad que las necesidades de los demás, necesidades morales, espirituales, materiales… desbordan nuestras posibilidades; puede agobiarnos un mundo de reclamos y necesidades, pero no pueden dejarnos indiferentes, son espacios de comunión.

 

 

 

La comunión con los demás, la respuesta que hemos de dar a las miserias del mundo y de los hombres, pasa por la oración personal, por la plegaria de intercesión, por el recuerdo del otro en la presencia de Dios, por el sacrificio; por la entrega callada y anónima, por el correr riesgos, por la creatividad, por el poner hombro con hombro…

 

 

 

Si logramos escuchar a una persona, devolverle la confianza y la esperanza, darle un rayo de luz, aliviar la más pequeña penuria… aunque parezca una gota de agua en medio de un mar de dolor... será bálsamo de Dios para este mundo y puente que crea la comunión. El Papa nos lo recuerda: “si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida”. Eso no es “arar en el mar”.

 

 

 

Roguemos los unos por los otros, queridos hermanos. Es tarea de todos vivir la comunión y la viviremos haciéndola realidad. El pueblo santo de Dios que ruegue por sus pastores, los queridos sacerdotes. Hoy es la oportunidad para reconocer sus rostros, ubicarlos en la geografía diocesana, guardarlos en el corazón, agradecerles la entrega diaria, acompañarlos con la oración y el cariño respetuoso, renovar nuestra colaboración a su ministerio pastoral... perdonarlos y animarlos si fuere necesario... porque también ellos lo necesitan.

 

 

 

En la ordenación sacerdotal, los obispos al ungir las manos del nuevo sacerdote con el Santo Crisma invocamos a Jesucristo “a quien el Padre ungió con la fuerza del Espíritu Santo" para que sea Él quien "te auxilie para santificar al pueblo cristiano y ofrecer a Dios el sacrifico". Esta es mi plegaria por cada uno de ustedes, queridos hermanos sacerdotes en este día en que renuevan las promesas sacerdotales y regresan a sus respectivas parroquias con los óleos santos. Gracias por ayudarme a extender el Reino en estas tierras, animando y cuidando al pueblo de Dios. Que así sea.

 

 

 

Nota: Los números corresponden a la Exhortación Apostólica Post-Sinodal “Evangelium Gaudium”.

 

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