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Sábado, 08 de Marzo de 2014 17:59

Cuando un amigo se va II

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Conocí al Padre Carlos, en el año 2003, cuando comencé mi carrera sacerdotal aunque había oído hablar de él desde que era un niño.  Fue mi profesor de varias  materias. Sus clases eran muy amenas e instructivas, hablaba de todo, por lo que era casi imposible tomar notas, pero aprendías muchísimo incluso datos, contenidos y curiosidades que no eran necesariamente de la asignatura que impartía.



No hablaba mal de nadie, ni juzgaba mal. Recuerdo sus palabras cuando Amaury Pérez lo invitó a su programa: «mis alumnos del seminario dicen que yo soy un toallero». Cuando un tema en las clases se ponía candente, nosotros le decíamos: «Padre, usted le tira la toalla a todo el mundo». 

Además de gran profesor, sacerdote e intelectual, nos mostraba su lado paterno. Disfrutaba invitándonos a su casa en la parroquia de San Agustín. Nos daba un recorrido por aquellas habitaciones llenas de tesoros familiares: fotos y cuadros de su familia, la bandera de su tío Mario García-Menocal, los jarrones y muebles de sus abuelos, el reclinatorio que perteneció a la madre de Gerardo Machado y hasta un pedazo del muro de Berlín que guardaba en una cajita de cristal como una  reliquia. Cada objeto tenía una historia, un personaje, un momento contado por él con gran pasión. Recuerdo que el recorrido terminaba con una merienda especial que mandaba a preparar para que regresáramos al Seminario bien alimentados.

Cuando recibí la noticia de su fallecimiento, vino a mi mente su imagen sentado en el banco del claustro frente a la capilla, en el antiguo seminario. Allí esperaba el timbre para ir a clase, mientras meditaba o conversaba con alguno que pasaba. Elegantemente vestido de negro, gris o azul prusia, como él decía en broma: «asfixiado pero elegante».

Si hoy yo amo intensamente a Cuba en parte se lo debo al Seminario y a Monseñor Carlos Manuel de Céspedes que con su testimonio, cultura y enseñanzas nos mostró esa gran pasión por la Patria y por su Iglesia que debemos tener los sacerdotes.

Hoy nos queda todo lo que sembró. La CASA CUBA, como él le llamaba,  ha perdido a uno de sus más ilustres y mejores hijos,  pero por la fe sabemos que lo ha ganado la CASA DEL PADRE.

Espero que este 3 de enero, a la hora del té, el buen Dios le haya perdonado sus faltas y recompensado todo el bien que hizo. A todos aquellos que fuimos sus alumnos solo nos queda expresar ante el gran regalo de su vida y obra: GRACIAS.

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