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Sábado, 08 de Marzo de 2014 17:54

Cuando un amigo se va

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Comenzando el año, el 3 de enero moría en La Habana, Mons. Carlos Manuel de Céspedes, formador de varias generaciones de sacerdotes, querido y respetado por unos y otros, cercano lo mismo en las calles de la Habana Vieja que en embajadas y salones. Si alguien merecía el calificativo de culto y popular era él.



Fue intelectual, comunicador, escritor, apasionado de la música, el ballet y las artes. Profundo conocedor de la historia y sacerdote dedicado a la formación de los jóvenes y a la ayuda a los ancianos más desprotegidos de su parroquia de San Agustín.

Dedicó gran parte de su vida a la formación de los seminaristas, los futuros sacerdotes.
Hablar del Padre Carlos Manuel de Céspedes, es fácil para quienes tuvimos el privilegio de ser sus alumnos en el Seminario San Carlos. Hombre  imponente para quien lo mirara por primera vez, impecable y elegante, con fama de gran intelectual, y reconocidos apellidos. Pero, solo bastaban unos minutos para que descubrieras al verdadero padre Carlos.

Si yo tuviera que definir en pocas palabras su vida, lo haría con el título de uno de sus libros: «Pasión por Cuba y por la Iglesia». Todos se daban cuenta de su gran amor por Cuba, su arte, arquitectura, por la nación entera. Era algo que brotaba con facilidad de su interior. Su otro amor fue la Iglesia, a quien sirvió con fidelidad y entrega hasta el día de su muerte. Siempre tendremos que estar agradecidos a Dios por el regalo de la vida del padre Carlos a la Iglesia cubana.

En todo momento intentó dar respuesta a las dudas e inquietudes que le preguntáramos. Gracias a su gran cultura y experiencia, era siempre fuente de consulta, y cuando en alguna ocasión no podía dar la total claridad de las cosas, o no sabía dónde más buscar, decía una frase muy suya: «eso lo sabremos llegada nuestra muerte, a la hora del té junto al Señor, y allí le preguntaremos nuestras dudas».

El seminario fue parte de su vida; murió como quiso, yendo al seminario, al que nunca dejó de asistir. Era capaz de cancelar citas, embajadas o presentaciones de libros, muchas veces fue en silla de ruedas. En medio de la tormenta del siglo, con La Habana bajo agua, allí estaba, porque sus clases y su seminario él no los dejaba. ¡Qué ejemplo para siempre poner el corazón a lo que hacemos!

Hace poco en el arzobispado, lo encontré. Le di un abrazo y quise disculparme por no llamarle. Su respuesta: «aunque no llames sé de ti, porque pregunto, un verdadero padre, sabe de sus hijos aunque estén lejos y yo sé que estás bien». Me dejó sin habla y me dio vergüenza. Gracias padre Carlos por tu vida, ejemplo y testimonio sacerdotal.      

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