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Martes, 22 de Octubre de 2013 13:36

Mi compromiso

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Hace unos días llegué a casa pasada la media noche, después de haber estado una hora de adoración delante de Jesús Eucaristía. Ese día el relevo del siguiente turno no llegó, y eso suponía que había que alargar la adoración. Mi naturaleza humana estaba dispuesta a protestar: «No contaba con esto», «Mi compromiso es con la hora que ha pasado, pero con esta hora no tengo ningún compromiso», «Han sido otros los que se han comprometido con esta hora y no yo»…; la queja siempre encuentra razones que la justifiquen.

Pero Jesús se me adelantó y me dio la explicación que yo necesitaba: «La otra hora tú me la has ofrecido, ésta yo te la estoy pidiendo». Me invadió una gran paz y las quejas se esfumaron al instante. Ya no importaban los motivos por los que otros no habían acudido a su cita, no importaba pasar un poco más de sueño… Ahora sí tenía la certeza de Quién era el que había tomado la iniciativa de invitarme a permanecer un rato más allí.

Antes de que pasara la hora completa llegaron dos adoradores, no de esa hora sino de la siguiente, que venían adelantados de hora y «regalaban» un rato más a Jesús.

¡Sólo Dios y yo sabemos cuánto bien me hizo ese tiempo de adoración «con el que yo no contaba»! Fue una clase práctica de fe en Jesús Eucaristía. Si de verdad creo, y lo creo de verdad, que en ese pan está presente realmente Jesús, la segunda persona de la Santísima Trinidad, entonces debo sentirme afortunada por tener la oportunidad de un encuentro personal con él.

En cada hora de adoración me encuentro con él, como se encontraron con él la Samaritana, Nicodemo, el joven rico o cualquiera de los personajes de los que nos habla el Evangelio. Igual que con ellos, Jesús Eucaristía entabla conmigo una conversación personal e íntima cuando estoy en su presencia. Si no estuviera convencida de esto, mi hora de adoración sería un «cumplimiento», alabado tal vez por los hombres pero no por Dios.

No dejo de dar gracias por comprender que una hora de adoración es un acto de amor de Dios hacia mí. De ese mismo amor brota la fuerza que impedirá que deje de acudir a mi cita con Jesús engañada por una queja disfrazada de justificación.

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