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Miércoles, 05 de Junio de 2013 08:28

Confiar, siempre confiar

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Confiar, siempre confiar Foto: espiritusantogijon.com

Y me encontré de repente en completa oscuridad, con una sensación de atmósfera fría y opresora que me ahogaba: Jóse, Cheo, mi amado esposo, había muerto de repente.



He sido siempre una  persona de Fe.  Fui una niña deseada y amada, cuidada y protegida por una familia maravillosa y educada en un colegio privado para niñas (Las Hermanas Cuesta) en el que me inculcaron valores de altos quilates. Crecí, pues, en un ambiente de amor, seguridad, apoyo; ser creyente era una condición propia de mi vida, una consecuencia lógica de lo que recibía.

El amor llegó para mí también en el grupo de jóvenes de la Iglesia. Cheo fue mi amigo y mi confidente desde que nos conocimos cuando yo solamente tenía 12 años y él 15. Era un muchacho alegre, entusiasta, dinámico, pero también, profundo, comprometido seriamente con su labor apostólica, con su trabajo, su familia, la vida.  Vivía seguro de sí mismo porque vivía seguro de Dios y trasmitía esa seguridad a todos.

El noviazgo vino después de 6 años de amistad que nos unió para siempre y el matrimonio 2 años después.  Así, el 31 de octubre de 1970 nos casamos en la Iglesia del Carmen de Santa Clara. Iniciamos nuestra vida matrimonial con muy pocos bienes materiales, pero con un amor, una esperanza y un entusiasmo que valían por todo el oro del mundo. Y ya se sabe, tuvimos 5 hijos recibidos como prueba patente de bendiciones abundantes de Dios.

Los años fueron pasando y nuestras vidas crecieron y maduraron en medio de miles de dificultades, pero siempre primó el amor y la confianza plena en Dios: Jóse se encargaba de infundir en todos nosotros la seguridad  y la confianza en la Divina Providencia.

Y de pronto (porque habían pasado 32 años, pero no nos habíamos dado cuenta, tan enfrascados en vivir estábamos), llegó el 9 de julio del 2002.  Ese día será siempre para mí la entrada a un enigma, el choque violento con la perplejidad, el encuentro total con la desolación, el miedo, el absurdo, el sinsentido.  La muerte de Jóse es todo eso y más, porque cuando tomé las decisiones de mi camino, cuando hice mi opción fundamental, fue siempre con él. Y sin él, el “nosotros” me parecía hueco, vacío…

Y me encontré en la más absoluta y fría oscuridad.

Entonces, desde el fondo de mi alma brotó un clamor: “¡Dios mío, Dios mío, ven en mi auxilio!”… así imploré sin cansarme, en medio de mis lágrimas y sin saber exactamente qué esperaba de Dios.  Solo quería que eso que estaba viviendo no hubiera ocurrido, que no fuera a nosotros a los que nos estuviera pasando.  Me negaba a aceptar lo que era un hecho inevitable y aplastante como la losa de granito que cubre su tumba.

Y Dios, lenta, pero hermosa y auténticamente me respondió: comencé entonces a ver una gota de luz, a sentir un calor gratificante.  Mis hijos y nietos, mi familia toda, mis amigos, mis vecinos, mis compañeros, la vida, me decían que todo debía continuar.  La urgencia era continuar con el dolor de la pérdida y con la alegría de la Esperanza Cristiana; continuar con el camino iniciado 32 años antes y hacerlo de manera óptima, no a pesar, sino precisamente por la ausencia de Jóse.  Era el momento de demostrar que lo vivido no había sido teórico y superficial.

Fui sintiendo que mi Fe creció: ya no era la de la niña mimada, ni la de la joven comprometida, ni la de la esposa y madre entregada.  Es la Fe del que se ha encontrado de pronto en la noche y el desierto y precisamente allí ha encontrado a Dios más cercano, más amoroso, más providente. La Fe que te hace humilde y te obliga a entregarte, a dar el “salto en el vacío” confiadamente y sin miedos, porque tienes la certeza de que los brazos amorosos del Padre te amparan y jamás te dejarán caer, porque sabes que Cristo Resucitado es el Camino, la Verdad y la Vida, porque sientes el amor maternal de la Virgen siempre junto a ti y porque presientes la vida del mundo futuro en un re-encuentro sin final con los que ya han partido.

Todos tenemos nuestro propio y personal camino en la vida, este es el mío.

Amanecer, No. 48, Marzo 2003

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