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Sábado, 18 de Mayo de 2013 14:29

La Virgen de la Charca

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La Virgen de la Charca La Virgen de la Charca

El 14 de agosto de 1996 conducía un auto Lada, modelo Combi, con destino a Ciudad de La Habana. Aproximadamente a las 2:00 p.m., en el tramo de la Autopista Nacional comprendido entre Mataguá y el entronque de Santa Clara, a 110 km/h de velocidad, reventó un neumático trasero del vehículo, y

se proyectó contra el remolque de un camión que transitaba  en dirección contraria -para ser más específico, contra las gomas jimaguas delanteras de dicho remolque. El auto quedó destrozado. Mi saldo: una herida de cinco puntos en la barbilla, el fémur izquierdo fracturado en su tercio principal y otros traumas de tórax, producidos por el impacto.

Recuperé el aliento. Me di perfecta cuenta de que mi pierna estaba fracturada. Destrabé, como pude, los pies de los pedales. Me sacaron del auto, me colocaron en el asiento de un automóvil que se detuvo a auxiliarme y me condujeron al Hospital Provincial de Santa Clara. El viaje fue breve, por lo menos así me lo pareció. En realidad, había perdido el conocimiento y lo recuperé llegando al hospital; había transcurrido media hora, aproximadamente.

Al cuarto día de ingresado -estuve siete en total- faltó al trabajo la muchacha encargada de la limpieza de la sala en que me encontraba. En su lugar, enviaron a una joven mestiza, de mediana estatura y peso adecuado, que traía  una estampita en la mano. Ésta resultó ser de una imagen de la Virgen María en su advocación de la Inmaculada Concepción, la misma que, en 1961, había sido arrancada de su sitio en el entronque de la calle Independencia con la Carretera Central y tirada en una charca formada por las aguas retenidas detrás de lo que fuera el mercado paralelo. Veintantos años después, la imagen fue descubierta accidentalmente por un tractor, llevada a la catedral de Santa Clara y, actualmente, se le denomina popularmente La Virgen de la charca.

La estampita pasó de mano en mano por pacientes y familiares acompañantes hasta que, finalmente, llegó a mí. La leí, sentí una mezcla de tristeza y dolor por lo sucedido con la imagen y la guardé con la intención de devolvérsela a la muchacha cuando terminara su trabajo en los restantes cubículos de la sala. No la volví a ver; y como nadie reclamó la estampita, ni se volvió a hablar de ella, me la quedé.

La noche del 20 de agosto de 1996, vísperas de mi traslado del Hospital de Santa Clara al “Frank País” en Ciudad de La Habana, la doctora Lourdes -la ortopédica que atendía mi caso- y un grupo de médicos se presentaron en mi cubículo para evaluar los pormenores del traslado.

Conclusión de la junta médica: era necesario operarme, pero no debía ser trasladado a La Habana pues mi fractura era muy peligrosa y se corría el riesgo de que se produjera un tromboembolismo pulmonar, lo que significaba la muerte - aun en el mismo hospital- si no se actuaba con rapidez. Por otra parte, no podía valerme por mí mismo; no tenía, ni tengo, familiares, amigos o siquiera conocidos, en Santa Clara; mas no podía sacrificar a toda mi familia el tiempo que durara mi operación y recuperación hasta mi eventual traslado a la Capital. Así pues, decidí que se me trasladara bajo mi responsabilidad, para lo cual tuve que firmar un documento -no sin antes recibir muchos regaños de la Doctora, quien me tildó de mal agradecido y otras cosas por el estilo.

Esa noche, cuando me quedé solo, tomé la estampita, la observé bien y la releí. Leí también el Acordaos, el Ave María y la Salve impresas al dorso. No sabía rezar, sólo había ido dos o tres veces a la Iglesia antes del accidente. No recuerdo todo lo que dije, sólo una frase dirigida a la Virgen, a Jesús y Dios: “Pongo mi vida en tus manos  que sea lo que ustedes quieran”. No estaba seguro de que con aquello me iba a salvar, sin embargo estaba tranquilo -a pesar de que los médicos habían dicho delante de mí que el último paciente que habían trasladado no había llegado a Jagüey.

A la mañana siguiente, se produciría el tan debatido traslado. A pesar del mal estado técnico de la ambulancia y el avanzado deterioro de las carreteras, con la pierna atada a la férula y sin poder hacer uso de la tracción que llevaba puesta, pero con la estampita conmigo, llegué vivo al Hospital “Frank País”.

Me quedaban, sin embargo, dos grandes desafíos por delante; uno era la operación en sí  -que nunca se sabe como va a resultar- y el otro, el hecho que no había defecado desde el accidente (resuelto treinta cinco días después de este). En el tiempo preoperatorio y postoperatorio me leí la Biblia completa, menos el Apocalipsis, (muy complicado para mí en ese entonces) y, sorpresivamente, mi vida estaba recogida en ese libro: alcohólico, irresponsable, informal, burlón, criticón, deslenguado... Me lamenté mucho de no haberlo leído muchos años antes. Además, si ese libro era como “los estatutos” de los cristianos, estos no eran lunáticos, ni fanáticos o, mucho menos, personas que andaban flotando por los celajes, como siempre había oído decir. El único lunático flotante allí era yo. Así pues, procuraba, leía y recopilaba información sobre la existencia de Dios y la historia de la Iglesia.

Leí mucho -El Triunfo del cristianismo; las vidas de San Martín de Porres, San Francisco de Asís, Pío XII, así como muchas fichas biográficas de otros santos. Aclaré conceptos, dudas, incógnitas. Llegué a la conclusión de que Dios existía, que Jesús era su Hijo y Dios a la vez. Todo lo que leía y me sucedía a mi alrededor me daba pruebas contundentes de Su existencia. Sólo Dios podía salvarme la vida cuatro veces: en el accidente, en el traslado de Santa Clara a La Habana, en la operación y después de ella. Además, movilizó un ejército de personas (ninguna perteneciente a mi círculo de alcohólicos) para atender mis más mínimas necesidades espirituales y materiales durante los dos años que demoré en recuperarme y poder volver a trabajar.

En la vida no se sale de una, para entrar en otra. Había pasado por todas esas situaciones difíciles, había llegado al convencimiento de la existencia de Dios pero ya que era así, ¿por qué no sentía su presencia? Si bien oía hablar del “gozo de la fe”, no lo experimentaba. No tenía fe y me aterraba. ¿Cómo iba a agradecer todo lo que había hecho Dios por mí? ¿De qué manera iba a demostrarle que estaba con Él y que lo tenía presente en mi pensamiento? Entonces reflexioné sobre una cita muy común entre los cristianos: “La fe es un don de Dios”. Me dije, si la fe es un don de Dios y Dios me ha acompañado y mimado todo este tiempo, le voy a pedir que me dé el don de la fe.

Le pedí a mi hermana Blanca Lidia que me enseñara a rezar el Rosario; y comencé a rezarlo todas las noches antes de dormir; y le pedía a Dios que me diera fe -no le pedía por mi pierna que estaba tan rígida como un palo seco, ni por conseguir calmante para el dolor, ni por transporte para asistir a las consultas, sólo quería tener y experimentar su gozo.

Gracias a Dios, tengo fe, y puedo caminar todo lo que necesito, y soy católico, catequista y representante de una Casa de Misión, trabajo en la iglesia de San Pedro en el Cotorro, y soy feliz.

Hoy recuerdo todo esto, pero no como momentos difíciles, sino con gozo, con alegría, porque Dios estuvo muy grande conmigo y estoy alegre; y le doy gracias todos los días porque Él es bueno y es eterna su misericordia.

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