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Viernes, 08 de Marzo de 2013 08:46

Sobre el Padre Vandor

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Después de pasados treinta años de su muerte (8/10/1979), el P. Vandor sigue estando en la memoria de muchos de los fieles de Santa Clara, que lo recuerdan como un valiente sembrador de paz, un hombre de una profunda unión con Dios. De estos testimonios nos aprovechamos todos los que no tuvimos el privilegio de conocerle pero que nos sentimos herederos de su profunda huella espiritual.

El P. José Vandor, nació en Dorog, Hungría el 29 de octubre de 1909. Fue bautizado dos días después, en el mismo pueblo, el 31 de octubre; y ahí también recibió la confirmación el 23 de mayo del 1920, a los 11 años.

Sus padres, Sebastián y María, campesinos, crearon un hogar sumamente religioso, en un clima de respeto, de unión, de sacrificio y alegría familiar. La oración, el trabajo, el estudio, el amor  a la Virgen, la práctica de los sacramentos, la rectitud moral, fueron valores bien vividos en la familia, que el P. Vandor supo poner en práctica a lo largo de toda su vida.

Inteligente, de exquisita sensibilidad poética y por otro lado muy versátil en asuntos prácticos, cursó fácilmente los estudios primarios, terminado con el bachillerato en el Instituto Estatal de San Esteban en 1925, con manifiesta preferencia por los estudios científicos. A los 18 años, manifiesta a su párroco, P. Arturo Pehatsek, el deseo de ser sacerdote y misionero. Él lo presenta al Colegio salesiano de Peliföldszentkereszt donde empieza el aspirantado que sigue con el noviciado y la emisión de los primeros votos temporales el 3 de octubre de 1928, en Peliföldszentkereszt.

Doce años después es ordenado sacerdote en Turín, Italia, el 5 de julio de 1936 y regresa a Hungría para celebrar con los suyos la consagración sacerdotal. En el mismo año es enviado como misionero a Cuba, realizando así un sueño cultivado en el secreto de su corazón desde pequeño; ese celo por hacer el bien y por la salvación de las almas, sería su única preocupación durante los 43 años de trabajo ininterrumpido en suelo cubano. Permaneció en Guanabacoa hasta 1940 como responsable de la disciplina y de la animación espiritual en el Colegio “San Juan Bosco”. En 1940 fue nombrado Director de la Escuela Agrícola de Moca en la República Dominicana, pero por razones ajenas a su actuar, este centro fue intervenido por el Gobierno de Trujillo y regresa entonces a Guanabacoa. Al tomar la ciudadanía cubana en 1945, el apellido Wech lo transformó en Vandor, que significa en húngaro, peregrino.

Su personalidad, su espiritualidad, su creatividad pastoral ha dejado huellas profundas en la ciudad y diócesis  de Santa Clara, donde llegó el 9 de diciembre de 1954 para hacerse cargo de la construcción del Colegio de Artes y Oficios, “Rosa Pérez Velasco”, y atendiendo pastoralmente la Ermita  Nuestra Señora del Carmen. Aquí se quedó ininterrumpidamente hasta su muerte, por poco tiempo como director del colegio y después como director y primer párroco del Carmen.

Su alta figura de característica delgadez impresionó ya en su primera presentación en la Iglesia del Carmen. Llegó solo, se puso a rezar, habló despacio, tranquilo, profundo. Personalidad rica de cualidades humanas: culto, conocedor de idiomas, un poco poeta y pintor, habilidoso en todo tipo de artesanía; cuando joven soñaba con hacerse ingeniero, pero no hacía alarde de nada, más bien en su lenguaje metafórico, se consideraba un “inútil”, un “haragán”, un “bulto de basura que echar a la calle”, un “caprichoso”. Su  alegría era servir a los demás. Nada para sí y todo por amor a Dios y por la salvación de las almas.

De temperamento más bien reservado, casi tímido, amante de la soledad y del silencio, y, al mismo tiempo, de amplias y profundas relaciones humanas. Escuchaba mucho, hablaba poco, pero siempre apropiado, oportuno, lleno de sabiduría evangélica que expresaba con bellas imágenes de finura humorística, acompañadas de una mirada límpida, transparente, amablemente irónica e interrogante o suspensa o alentadora o amablemente si había que llamar la atención.

Tenía una predilección especial para con los niños de la catequesis. Aún estando enfermo, nunca se quejaba del alboroto de los niños. Siempre iban antes o después de la clase a saludarlo, le decían “Abuelito o Papá Vandor”. Para ellos tenía palabras cariñosas y unas “piedrecitas” (así llamaba a los caramelos duros).

Durante la Batalla de Santa Clara (28 al 31/12/1958), el P. Vandor jugó un papel preponderante de los que quedan testimonios de personas que vivieron ese suceso, así como las pruebas guardadas en fotografías y publicaciones que recuerdan su participación; evidentemente, el P. Vandor era un hombre de paz, sin parcialidad política, se esforzaba por el bien de la persona, por encima de su creencia e ideología; por eso no dudó en cruzar el fuerte cerco de los francotiradores que cobraron en la ciudad numerosas víctimas como el Capitán del Ejército Rebelde Roberto Rodríguez (El Vaquerito) o el niño de 9 años José Luis Miranda; fue a la cárcel de la policía, ubicada en diagonal a la Iglesia del Carmen, para brindarle asistencia a los que ahí estaban hacinados; luego al salir de Cuba el Presidente Batista, logró que los miembros de la Policía, encabezados por el Coronel Rojas, se entregaran a las fuerzas rebeldes sin ofrecer resistencia ni que los ultimaran en el cuartel, y finalmente, el 4 de enero del mismo año de 1959, a la sombra del Tamarindo que recuerda la fundación de la ciudad, celebró una misa de acción de gracias no por el triunfo de la Revolución, sino por el cese de las hostilidades, que se habían extendido durante casi 4 años, cobrando muchas víctimas de los hijos de la Patria.

Con la intervención del Colegio, pasó a residir definitivamente a la Iglesia del Carmen, y luego, al presentarse la escasez de sacerdotes por causas muy bien conocidas, atendió, junto al Carmen, varios templos de la ciudad, como la Pastora, la Catedral, la Santa Cruz, con el mismo celo que siempre lo caracterizó. Entre las ocupaciones confiadas al P. Vandor por los Superiores, se destaca la de Confesor y Director Espiritual, y como tal le buscaba espontáneamente la gente.

Inspiraba confianza, tenía el don del consejo, presentaba una imagen viviente de profunda espiritualidad. No tenía quizás una doctrina espiritual suya, pero sí una praxis propia: arrastraba a las almas por el camino anteriormente recorrido por él. Fraccionaba sus orientaciones en breves frases a modo de invocaciones que consideraba como el respiro de su alma. Como San Francisco de Sales, juega con las imágenes tomadas de la naturaleza, de las flores, de las aves, de la vida. 

Lleva de la mano con paciencia y dulzura. Se preocupa no tanto de lo que uno hace, sino del cómo y del por qué. Encomienda el vivir constantemente en la presencia amorosa de Dios. Inculca un amor ardiente a Dios, desinteresado, que se traduce en conformidad con su voluntad y el compartir el camino del Calvario. Amor que se alimenta en la oración sencilla, hecha más que de “práctica”, de disposición de ánimo. Amor que desemboca en actividad pastoral, en trabajo responsable para la sociedad, en la alegría, en la serenidad

El P. Vandor desde hacía tiempo sufría una Artritis Reumatoidea progresivamente deformante. El 13 de marzo de 1976, al concluir la misa celebrada para los niños, se encogió sobre sí mismo por fuertes dolores que aparecieron de improviso. Lo llevaron a su cuarto y desde entonces nunca más pudo bajar solo. Pasaba de la cama al sillón o a la silla de ruedas. Sus movimientos iban reduciéndose gradualmente y sus miembros se iban deformando.  En 1979 empezó a manifestar cierta molestia en la garganta.  En el mes de junio se trasladó a la Clínica “San Rafael” de La Habana, para un chequeo general y una tentativa de mejorar los movimientos. Nada se logró, más bien la situación empeoró al presentarse una fiebre persistente, rebelde a todo tratamiento y de causas misteriosas. Se sospechó una neoplasia del esófago, confirmada por los médicos que con esmerada competencia y entregado cariño, asumieron la responsabilidad de su cuidado al regresar a Santa Clara el 20 de agosto. Los análisis sucesivos tampoco revelaron algo positivo, pero aumentó la dificultad de tragar y al final, de hablar; todo esto confirmó el  diagnóstico que lo llevó a la tumba.

Así a la 1:10 de la mañana del día 8 de octubre de 1979, se “sumergió en Dios para en Él descansar” el P. Vandor, dejando un nuevo gran vacío en el ya reducido puñado de Salesianos de Cuba. Muerte esperada, muerte más de una vez pronosticada y otras tantas veces inexplicablemente postergada, pero con todo, no menos dolorosa.

La última crisis empezó a las cinco de la tarde del domingo 7 de octubre, al iniciarse la Celebración Eucarística en la Iglesia del Carmen en Santa Clara.  El P. Vandor fue perdiendo progresivamente el conocimiento. La supuesta neoplasia del esófago redujo poco a poco la zona respiratoria, forzando a la rendición el fuerte corazón del padre querido. Asistieron impotentes el médico, la enfermera, salesianos, sacerdotes, amigos, que noche tras noche acudían solícitos para atenderlo, disponibles para todo, y que atrasaban cada noche más la despedida, temerosos de no poder presenciar el último respiro del Padre amado. Con ellos se rezaron por última vez las  oraciones litúrgicas de los moribundos.

La noticia de la muerte se difundió rápida y prontamente llegó el Señor Obispo Monseñor Fernando Prego Casal, así como muchos fieles y amigos. El cuerpo fue velado en la Iglesia del Carmen, de la que el padre había sido responsable directo o indirecto por casi 25 años.

Las Celebraciones Eucarísticas a cada hora de la mañana culminaron con la Concelebración presidida por el Obispo a las 3 de la tarde, con la participación de los Sacerdotes de la Diócesis, los Salesianos, las Hijas de María Auxiliadora, las Hijas de la Caridad, ex alumnos, fieles de muchas comunidades de la ciudad y del campo.

La conmoción de los numerosos acompañantes al sepelio, la respetuosa atención de cuantos se asomaban a las ventanas o se paraban en las aceras al paso de su cuerpo, fue el signo más elocuente de cuánto cariño tenía regado en los corazones de los villaclareños el P. Vandor.

Después de su muerte la fama de santidad estaba en el corazón de los fieles de Santa Clara que le conocieron. El P. Eduardo Jiménez en 1984 recogió muchos de los testimonios que las personas recordaban del P. Vandor y escribió una biografía: “P. José Vandor. Hombre de Paz”; de ésta se hizo una reedición en el 2005 que ha servido para dar a conocer su figura a las nuevas generaciones de santaclareños. Todo esto, conllevó a la apertura del tribunal eclesiástico en el 2003 para comenzar el proceso de la Causa de su canonización.

El P. Vandor es un regalo de Dios para la Iglesia cubana que está necesitada del testimonio de santidad de sus fieles y de sus pastores, para que de esa forma poder seguir cumpliendo con el mandato evangélico: “ustedes son la luz del mundo” (Mt 5, 14).

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