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Viernes, 15 de Junio de 2018 09:21

Los Padres de la Iglesia Alejandría (IX)

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San Atanasio

 

El monacato

A lo largo de los primeros siglos se desarrolló un estilo cristiano de vida que ha perdurado hasta nuestros días. Consistió primero en una huida del mundo y sus complacencias, para dedicarse a la contemplación del amor de Dios en un ambiente natural. Se hacía una ascesis de vida profunda, se comía y dormía poco y lo importante era dedicarse a la contemplación y oración de manera prolongadas, comenzando desde bien temprano en la madrugada.

 Los inicios de este estilo de vida llamado monacato o monaquismo, hay que ubicarlo alrededor del 250, en el contexto de la persecución que llevó a cabo el emperador Decio en la región de Alejandría.

 Los primeros estilos de vida era hacer experiencia de ermitaño, alejado de grupos de personas, normalmente en lugares inhóspitos, como desiertos, cuevas y montañas.

 En el siglo IV adquirió una nueva forma, al aparecer la vida en común, o sea, ya no vive una persona sola alejada de los hombres, sino que se vive en un ambiente comunitario, que dará lugar a los monasterios y las órdenes religiosas posteriores, de las que se conserva los benedictinos fundados por san Benito de Nursia, y la orden de san Basilio, inspirada en la regla que escribiera esta gran padre de la Iglesia del que nos ocuparemos en esta sección más adelante.

 

En Egipto con san Antonio se desarrollará el anacoretismo o vida eremítica, mientras que posteriormente, como hemos dicho, aparecería el cenobitismo, o sea, la vida en común en un lugar determinado de los monjes.

 

San Antonio

 El padre del monacato egipcio, San Antonio abad

Al escribir san Atanasio la vida de san Antonio, disponemos de una rica fuente para conocer a este gran santo, y toda su labor en la vida monástica que dio forma en Egipto fundamentalmente. San  Atanasio lo conoció en su tercer destierro, cuando fue a vivir con los monjes del desierto. Según las mismas palabras de Atanasio, Antonio era un hombre de sabiduría divina, lleno de gracia y cortesía.

 

Había nacido en el año 250 en el seno de una familia cristiana adinerada, cuando mueren sus padres, escucha en la iglesia un día el Evangelio de Mt 19, 21: “si quieres ser perfecto, ve, vende cuanto tienes, dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos, y ven y sígueme”; de ahí salió, vendió sus bienes y se fue a vivir como ermitaño cerca de su casa. Luego ocupó un antiguo castillo donde reunió muchos seguidores, que dieron forma a un estilo de vida monástica que no renunciaría a la soledad, silencio, práctica de la caridad y oración.

 

Si bien, al parecer nunca aprendió a leer y escribir, sí se han conservado varias cartas a monjes y hasta emperadores. La mayoría de las referencias a sus cartas aparece en la obra de san Atanasio, que escribiera el año 357, al cumplirse un año de la muerte de san Antonio, y que dedicara los monjes del desierto egipcio.

 

Las cartas no han llegado hasta nosotros en sus versiones originales, se salvaron 7 dedicadas a los monjes en algunas traducciones. Las dirigidas a estos, siempre tenían como tema central la vida ascética en la vida cotidiana del monje, desde que se alejaba del mundo hasta los últimos instantes de su existencia.

 

Fiel a la doctrina del Concilio de Nicea, condenó de manera enérgica la herejía del arrianismo en el año 338.

 

Luego de una larga vida, -algunos autores hablan que vivió más de 100 años-, murió en el año 356.

 

“Leed, por tanto, mi narración a otros hermanos, para que aprendan cómo debe ser la vida de los monjes y se convenzan de que nuestro Señor y Salvador Jesucristo, glorifica a los que lo glorifican. No sólo conduce al Reino de los cielos a los que le sirven hasta el fin, sino que también da a conocer y hace célebres, por su virtud y por el beneficio que realizan en otros, a los que en esta tierra se ocultan y quieren vivir apartados”. (San Atanasio, Vida de Antonio, no. 94, editorial Ciudad Nueva)

 

(continuará con san Cirilo de Alejandría, primera parte)

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