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Martes, 07 de Noviembre de 2017 14:59

AGUAS Y RUMBOS- Viñeta martiana

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Se detuvo en el claro que marcaba el borde de la hondonada. Tomó del suelo, para ella, la primera flor. Aún no se había repuesto del dolor de La Mejorana y sus ojos traslucían la desolación de las últimas discrepancias.

 

Tocó, suavemente, el escapulario que llevaba sobre su pecho y la imagen de la niña le devolvió un consuelo momentáneo. “Es una prueba contra las balas” –pensó.

 

Más allá, las aguas del Contramaestre y las tropas amontonadas, en vivaqueo, se preparaban para recibir la noche.

 

A la luz de la palmatoria, las últimas circulares a los jefes y algunas cartas imprescindibles: “Vea en mí a un soldado y sólo eso” –escribió.

 

Luego se acercó el cariñoso Rosalío con un catauro de provisiones: “Miel de Cuba, con sus pichones, buena para ligar con el ron”-le dijo con sincera socarronería.  Más allá, José Maceo le preparaba un “rancho” de hojas y ramas.  Ruenes, con ojos satisfechos, le mostraba, con orgullo casi infantil, una sonrisa cercana. “Yo vengo a esta discusión con el espíritu de conciliación que norma todos los actos de mi vida” –pensó en la lejanía de sus ideas, dándole vueltas a la Guerra y a la República.  Y no podía dormir. Después de la atención a los enfermos ya a la noche le entraban, a tramos apresurados, los canjilones del alba, pero aún había tiempo para degustar una paloma y una estrella, enredadas en los gajos de una majagua de Cuba.

 

Las tropas recibieron el sol a lomos de las bestias, y al desmontar un tiempo después, el contacto con las aguas fue como el designio de sus rumbos a las exactas quince jornadas de mayo. “El agua purifica” –dijo una voz.

 

“!Rumbo a La Jatía!” –gritó el Generalísimo con la resolución de una idea hacia occidente. Él lo seguía sin cansancios ni flaquezas. “!Oh, Cauto!” –exclamó Gómez cuando, después de unos años, volvió a encontrarse con el río. 

 

“Lo tienen cansado con eso de Presidente. Ud. no ha venido aquí como Presidente”-recordó él con amargura.  Había que lograr cuanto antes el bautismo de las balas. Era necesario deponer los cargos aparentes de una defensa ciudadanesca que impidiera el desarrollo de la guerra. “Pero la manigua debía llevar dentro el germen imprescindible de la República”-pensó. 

 

 

Él lo sabía. Y allí estaba su mano, la de la carta inconclusa, la de impedir a tiempo un golpe secular, la de sacudir los cargos leguleyos con estrategias y silencios, la de conducir hacia la muerte los arreos de tanta vida.  Allí, en la confluencia de las aguas, como multiplicándose hacia todos los rumbos.

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