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Martes, 07 de Noviembre de 2017 14:50

LA VIRGEN DE LA CHARCA: DEL PEDESTAL VACÍO AL MÁRMOL QUE BENDICE

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Digamos que a Leonardo Padura se le ha ocurrido escribir otra novela policial: La Virgen de la Charca. En esta ocasión, nuestro querido detective Mario Conde —reencarnado, quizás para siempre, en Jorge Perugorría— contempla el dossier que resume con pobreza la información disponible sobre el caso: un estrujado folleto de las damas isabelinas y opiniones, centenares de opiniones diversas que se multiplican sobre el papel y la voz.

 

El Conde —y espero que Padura no me demande por hacer venir a su personaje a Santa Clara— se persigna brevemente antes de entrar a la catedral e, impresionado por la cristalería cuasi gótica, comienza a examinar la imagen. Inmediatamente recuerda una conocida historia sobre Miguel Ángel que describe su idea sobre la creación artística. Según el artista italiano, el escultor no hacía nada más que quitar el mármol sobrante, porque ya la piedra misma contenía la obra. Miguel Ángel no era un ignorante —piensa el Conde—: sabía que para lograr la maestría técnica era necesario practicar, desgastar los ojos, lastimarse las manos, trabajar. Sin embargo, esta afirmación parece sugerir que hay cierto espíritu en la roca, que se hace visible gracias a la habilidad del creador.

 

 

Repasando pacientemente cada golpe y cada herida de la Virgen de la Charca,Mario Conde entiende lo que quiso decir Miguel Ángel: la piedra cuenta una historia que va desde la mano cuidadosa del artista hasta la pluma que firmó su abrupta retirada del monumento. Pero esta historia no pertenece a una novela y —por muy atractiva que me parezca la idea— Padura no ha escrito ninguna ficción sobre Santa Clara (y mucho menos me ha dado permiso para que el Conde investigue este caso). Así que los lectores tendrán que conformarse conmigo, que soy un detective mucho menos competente.

 

Recuerdo que, en mi infancia, la catedral de Santa Clara era uno de mis sitios predilectos de visita. Muchas veces me pregunté por qué la colosal imagen de la Inmaculada —a cuyos pies nos sentábamos en la misa crismal— estaba tan golpeada. Desde entonces, la historia de la Virgen de la Charca me ha llegado de modo fragmentario y nebuloso, pero siempre con dolor.

 

Como cualquier relato detectivesco, este comienza con un buen propósito: recordar el anuncio del dogma de la Inmaculada Concepción, el 8 de diciembre de 1954. El 25 de octubre de ese año, los católicos santaclareños se habían reunido en el colegio de los hermanos maristas y habían acordado —dada la inminencia de la fecha— levantar una pequeña estatua a la Virgen en la plaza del convento de los pasionistas con la promesa de un monumento mayor. (Esta imagen permanece en aquel lugar, que es hoy la sede del obispado de Santa Clara). 

 

Fueron las damas isabelinas (cuya patrona es, precisamente, la Inmaculada) quienes retomaron el impulso de realizar el gran monumento por la proclamación del dogma. A partir de donativos y del apoyo de los fieles, fue tomando forma el proyecto de la escultura, encargado al arquitecto Aníbal Simón. Pese a la aparente imposibilidad, el dueño del terreno idóneo —y de la empresa Santa Clara Motors— cedió el espacio para la construcción: su madre, fallecida meses después, era devota de Nuestra Señora.

 

La primera piedra fue bendecida el 8 de diciembre de 1955, por el capellán de las isabelinas, fray Casto de Villavicencio. La imagen fue encargada inicialmente a un artista español, aunque por el incumplimiento de varios requisitos se decidió cancelar su contrato. El padre Vandor, entonces rector de los salesianos en Santa Clara, recomendó a la firma italiana Enrico Arrighini e Figlio (fundada en 1870, en Pietrasanta). El 24 de enero de 1957 la imagen, tallada en mármol de Carrara por Nicola Arrighini,llegóa Santa Clara.

 

Según Pedro de la Torre: «El monumento en sí constaba de un pedestal de mármol en que descansaría la imagen, así como una fuente luminosa rodeada por un ancho muro del que brotaba una fuente de agua en sus 360 grados y por una ancha acera de granito, lo que daba lugar a un conjunto maravilloso». A la bendición de la escultura, el 12 de mayo de 1957, asistieron, además de las isabelinas y demás fieles, el alcalde de la ciudad y la prensa. Entre los padrinos de honor estaban el padre Vandor y fray Casto de Villavicencio.

Al pie de la imagen se colocó una tarja conmemorativa: «Como elocuente testimonio de fe, / amor y gratitud a María, Madre de Dios / y Madre de los hombres y como / imperecedero recuerdo del primer / centenario del dogma de su Purísima / Concepción, ofrecen amorosamente / este monumento, las damas isabelinas / y el pueblo de Santa Clara. / Proyectado en diciembre de 1954. / Terminado y bendecido en 1957».

 

Hasta este punto, es posible hallar cierta claridad en la historia de la Virgen de la Charca. Por lo menos desde el año 1965, en que desapareció de su pedestal, no se supo nada de la Virgen hasta los años ochenta. Al cabo de tanto tiempo, uno sigue preguntándose qué tipo de odio —estético, religioso, civil— motivó la violación del monumento a la Inmaculada que culminó con su lanzamiento en la suciedad y el lodo de las cercanías del Mercado Paralelo.

 

Si nuestro entrañable Mario Conde intentara desentrañar quién(es) fueron los culpables del crimen descartaría inmediatamente a los iconoclastas o a los resentidos contra el arte: ni siquiera el peor rencor es capaz de ensañarse tanto contra la copia escultórica de la Inmaculada de Murillo, lectura en piedra de una de las obras de arte más célebres de España. Pero el Conde es un detective inteligente y sabe la respuesta. Sin embargo, una vez más el criminal se disuelve en las sombras y en el tiempo.

 

Noviembre de 1986. Mientras intenta abrir una zanja, una excavadora encuentra la imagen entre las aguas y los encargados la dejan sobre la hierba. Varios días después —para perplejidad de cualquier detective— la Inmaculada desaparece otra vez. Hubo que esperar hasta 1995, para que la Virgen fuera devuelta a monseñor Fernando Prego, primer obispo de nuestra diócesis. El 10 de junio de 1995, en medio del Período Especial —cuyo nombre es uno de los eufemismos más deliciosos que hemos inventado— monseñor Prego tomó posesión de la nueva diócesis ante el rostro herido de la Virgen de la Charca.

 

Unos días antes de escribir este texto —la mañana del martes santo— entré brevemente a la catedral. Como muchos caminantes, confieso que soy poco observador. Avancé hasta el sagrario, saludé a varios amigos, me absorbió el ajetreo de mis propios asuntos. Cerca del mediodía, en el presbiterio, recordé la presencia casi obvia de la Inmaculada y (creo que por primera vez) contemplé la imagen con total conciencia del camino que había recorrido. Entonces entendí que había una razón para no restaurar la imagen de la Virgen: los golpes y el moho son parte de su historia. 

 

Si la Virgen de la Charca nos recibe golpeada, gastada por los años de sepultura y fango, roída por el moho, es para que recordemos La historia de la Inmaculada —novelesca, como hemos visto— recorre la vida de fe del pueblo cubano y la representa. Como la Virgen de la Charca, la cultura y la espiritualidad pueden ser dañadas: otras imágenes de Nuestra Señora fueron arrancadas en la diócesis —pienso en Cabaiguán, donde ya ha sido restaurada; pienso en Vueltas, que todavía no la ha recuperado.

 

Este mes, la Virgen de la Charca cumple sesenta años de bendición. Hay una relación esencial entre la piedra y el tiempo. La piedra siempre nos salva del olvido: esculturas, murallas o paredes domésticas, adoquines que sostienen el paso del caminante, parece que la roca alimenta la vida del hombre y le alcanza un fragmento de eternidad. La escultura, como piedra que ha sido labrada por el arte, no es roca muerta. Custodiar esas rocas que han sobrevivido no es, por lo tanto, apresar la materia inservible; es —a pesar de los devoradores— proteger la memoria y la cultura de Cuba.

 

 

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