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Martes, 07 de Noviembre de 2017 14:46

LA CIUDAD MARCADA

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La piel y los muros, documentos que se raspan y se rescriben, que se manchan con tintas azules, verdes y rojo sangre, bailan su danza de agujas a lo largo de la ciudad. Como nuevos bárbaros, figuras oscuras trazan sus signos sobre las paredes: llevan en su carne las mismas marcas y el mismo dolor. Saborean el asesinato de la niñez, de la inocencia, de la pulcritud de una pared que demanda el trazo. Repudio del mármol, del fingimiento, de la sacralidad: ese es el credo de los invasores.

 

El tatuaje y el grafiti no son juego ni maquillaje: tratan de rascar el cascarón de la eternidad, de resistir el impulso de los años y de la cal. Apetito devorador de calles y de venas que organiza un festival de símbolos para reformular la cultura. Es más, si Iuri Lotman habló de que cada cultura crea su espacio propio, su esfera de signos propios, el tatuaje y el grafiti se colocan en la frontera de nuestra cultura oficial. Pertenecen a una esfera alternativa, no incluida —y normalmente despreciada— por la oficialidad.

 

La disconformidad y reevaluación como actitudes hacia la cultura instaurada adquieren en estas manifestaciones una dimensión más radical, de modo que el arte que expresan siempre estará vinculado a la transgresión como presupuesto creativo: transgresión del espacio corporal, del espacio citadino, del espacio ideológico. Por eso, tatuaje y grafiti son, en mayor o menor medida y según cada circunstancia, signos contraculturales. La contracultura expresada en ellos protesta contra el ideal —estético, social, político— imperante. El tatuaje y grafiti presentes en la ciudad de Santa Clara verifican estos códigos de trasgresión y choque contracultural.

 

La antigüedad del tatuaje es comprobable en varias culturas, siempre en calidad de marca guerrera, trofeo del valor en la batalla o signo iniciatorio. En otras culturas, sin embargo, el tatuaje era la marca del criminal. Entre los hebreos, como en otros pueblos, se prohibió el tatuaje, considerado símbolo de impureza o barbarie. Severo Sarduy entendía que el tatuaje, aplicado sobre la piel, subordinaba al resto del cuerpo, lo despreciaba. La parte tatuada se volvía significativa mientras que lo demás se hacía desdeñable: «Solo el fragmento cubierto por el tatuaje —iniciales, anclas y corazones vienen siempre a inscribirse, como por casualidad, sobre los bíceps, los músculos más eréctiles—, realzado por la tinta minuciosa, o sometido a la torsión, al dolor, tiene acceso al endurecimiento, a la erección notoria, a golpear con su tensión. El resto no merece más que pudor: flacidez y aburrimiento».[1]

 

Sarduy concibe el tatuaje como una parte del cuerpo que no puede ser removida; en una sociedad acostumbrada a desechar, a lo efímero, el tatuaje se materializa como algo paralelo a la duración del cuerpo, es más, como cuerpo mismo. El tatuaje emerge de la piel como cristalización del sujeto en los miembros viriles: brazos, piernas, espalda. Esta ubicación acentúa el movimiento y la energía del signo tatuado, porque actúa en el cuerpo y a través del cuerpo, se sirve de él. Después de que la superficie tatuada se muestra, el resto de la piel deja de significar algo: solo existe vida en la tinta.

 

El tatuaje corporiza una idea del tatuado, y es uno de sus modos de expresión. Señala, además, influjos y pertenencias, clases. En Sarduy, el tatuaje sustituía a la persona en el reino del símbolo; pero tiene otro valor: remite a un grupo mayor —quizás de índole religiosa, fraternal, a alguna tribu urbana, al sector criminal—; o en última instancia, al grupo de los tatuados, opuestos a los que no lo son.

 

Hay en la persona tatuada una especie de culpa, de interés por señalarse diferente. Este hecho se confirma en que el no tatuado adquiere una actitud defensiva, despreciativa, hacia el ser marcado. Los prejuicios que nacen de esta actitud abordan distintos ámbitos, desde la discriminación del grupo hasta la negación de la validez a un profesional —médico, profesor— tatuado. Cualquier tatuaje, al margen del significado de la figura, tiene valor por el hecho mismo de ser tatuado. Según Margarita Mateo, no es posible considerar superficial el acto del tatuaje: «No es menester, sin embargo, que el signo marcado tenga un sentido, estrictamente definido desde el punto de vista semántico, para advertir su campo de significaciones. Aun cuando no fuese de esa manera, el tatuaje en sí, el acto mismo de picar el cuerpo de modo irreversible, con pretensiones de posterioridad —un para siempre, es la efímera eternidad de todo mortal— tiene una significación que rebasa el juego arbitrario de los signos superficiales, atribuido al posmodernismo».[2]

 

Ciertamente, las motivaciones y significados del tatuaje no son siempre meditados, o bien se acude al tatuador porque es la moda. Pero las implicaciones interiores —espirituales, morales, familiares— del tatuaje son un signo con valor propio, al margen de lo figurado. Algunos estudiosos equiparan el acto de tatuar a la escritura: el cuerpo se desenvuelve como superficie limpia y el tatuaje se extiende como texto sobre la piel.

 

El modo en que el dibujo se integra a la piel conlleva dolor. La marca no se fija pacíficamente, las agujas van introduciéndose en la piel y cambian tinta por sangre, semejante a un pacto. El olor a tinta, la acción y el sonido de la máquina tatuadora, daban placer a uno de nuestros entrevistados, pero hablaba —siempre con reticencia— del dolor en el centro de su pecho, ante la aguja. El dolor hace que la experiencia de ser tatuado se vuelva más intensa, y que se fije en la memoria vital del individuo tanto como en su piel.

 

Quizá esa capacidad para soportar el dolor o para asumirlo sin reservas, como una herida de guerra, exprese mejor el carácter de iniciación y de acto transgresor presente en todo tatuaje. Sin embargo, una vez pasada la prueba inicial, el dolor se hace amigo, y el tatuarse se convierte en goce, y luego en vicio. La necesidad de volver a la cámara del tatuador se transforma en recurrente: una vez hecho el primer tatuaje, se buscan nuevas marcas.

 

Un elemento que con frecuencia se asocia al tatuaje es la significación erótica. ¿En qué medida la persona tatuada se hace más atractiva a los otros? Varios tatuadores indicaron que el deseo sensual asociado al tatuaje no es absoluto ni constante. Es infrecuente en los tatuados santaclareños el criterio de que el tatuaje comporta un valor erótico, al menos necesariamente. Pero en dependencia del lugar del cuerpo en que se tatúa aparecen como potenciadores de la corporalidad sensorial. Erótica la mirada y el tacto, le llama Margarita Mateo.

 

Hay, entonces, distintos valores que pueden ser atribuidos al tatuaje: obra de arte; testimonio de lo personal; pertenencia a un sector específico; corriente de la moda a seguir. Uno de los interrogados dice: «Pienso en los tatuajes como manifestación artística porque en estos tiempos ya no se están haciendo tatuajes, quizás, como antes, y se están dejando atrás los tabúes que había, de que solamente se tatuaban las personas que habían cumplido una sentencia penal o una persona que simplemente quería marcar algo malo de su vida, algo malo, es decir, momentos malos.

 

Ya no, ahora la gente quiere portar un tatuaje que esté a la moda, que sea sexy, quizás para exhibirlos en momentos íntimos o en diferentes lugares de la sociedad. Se tatúan también muchas personas según su ámbito social: si eres friki, si eres roquero, si eres rapero. Y pienso que es bastante fuerte como manifestación artística porque ya las personas están viendo el tatuaje de una forma diferente, se está viendo más allá del body art, ya la gente quiere portar algo que sea una obra de arte que lo va a llevar toda la vida porque de más está decir que es permanente: después que te haces un tatuaje, no hay vuelta atrás».

 

Irrevocabilidad del signo, que permanecerá toda la vida. El tatuado sabe que la marca —símbolo o mancha— quedará siempre. Por eso nos dice otro entrevistado que el tatuaje: «Es arte, pero en la piel. Es arte en tu piel. Como el escritor. Escribe lo que siente; las personas se tatúan lo que sienten. Aquí las personas vienen con una idea […]. Si no tienen una idea les digo que no se tatúen, porque hacerse un tatuaje te va a marcar».

 

La rebeldía asociada al acto del tatuaje tiene distintas lecturas. Aunque puede adoptar matices más totalizadores, suele estar enfocada, más bien, a un acto de rebelión interna: la asunción de que ya se posee dominio sobre el cuerpo y que puede disponerse de él. En todo caso, hay rebeldía encaminada hacia la familia, que raras veces acoge con serenidad la idea de que un joven marque su cuerpo de manera indeleble. Otras veces el tatuaje se asume como prueba, como rito de iniciación. Esta actitud provoca el rechazo de los no tatuados: «Algo del ser no tatuado suele sentirse agredido con esa alquimia que transforma el cuerpo ajeno. Tal parecería que el tatuado, al exhibir sus signos, mostrara crudamente —en un invertido juego de espejos— una carencia en quien observa, excluido voluntariamente de toda participación. […] el no tatuado se siente superior a aquellos que han picado su cuerpo y no oculta el desprecio —cuando no un violento rechazo— hacia quienes, simplemente, han dispuesto de sí mismos de modo diferente».[3]

 

Un prejuicio recurrente —incuso entre los tatuadores— es el recelo hacia los profesionales de la salud o la educación que estén tatuados. Al parecer, existe cierto condicionamiento social de que el tatuaje supone una impureza que no es compatible con el trabajo curativo del médico. El maestro, por otra parte, se impone como paradigma; y como el tatuaje es signo de los marginados o rebeldes, la educación de los niños, según este criterio, podría verse comprometida. El tatuaje femenino no recibe el mismo tratamiento que el masculino; en la cosmovisión popular, la mujer tatuada es también mal vista por la sociedad, que le atribuye toda clase de valores negativos o relacionados con una expresión peculiar —mucho más libre— de su sexualidad.

 

Más que la actitud de la persona que va a tatuarse, es interesante penetrar en la filosofía del tatuador. Todos los entrevistados coinciden en que el tatuaje es el medio de expresión del creador. Si bien la opinión general es que el tatuaje es una moda, hecho por diversión, para el que tatúa es cargar la piel de significaciones, donde la imaginación y el talento dejarán las consecuencias en una superficie que no es posible borrar. El tatuador juega con la piel de los otros, y a veces con su propia piel. La persona que acude al taller de tatuado está cansada de ver su cuerpo como está, y quiere llevar una marca.

 

La ciudad también es un cuerpo; vive, se renueva, se marca. El grafiti es para la ciudad lo que el tatuaje es para el cuerpo. El grafiti aparece en lugares inusitados, a veces ocultos, pero si es realmente contracultural, se graba sobre los «miembros viriles de la ciudad»: su casco histórico, sus monumentos y espacios públicos.[4] En Santa Clara hay espacios para el grafiti «oficial». Quien descienda desde el parque Leoncio Vidal hasta la terminal provincial verá los amplios muros decorados por humoristas de la ciudad, semejantes a los que circundan el centro provincial de Patrimonio. No son signos contraculturales. El verdadero grafiti es atacante, entrometido y anónimo —o al menos oculto bajo un seudónimo.

 

Santa Clara —y Cuba en general— no tienen un movimiento grafitero demasiado amplio. Aun así, hay presencia del grafiti en elementos relacionados con las tribus urbanas y la cultura underground. Cuando habla del grafiti, Margarita Mateo comenta: «[…] la nueva orientación hacia el peculiar posmodernismo cubano, ese que no parece prescindir de la historia, ni de su empeño por transformar el mundo. Empeño que se torna polémico, subvertidor de valores, revocador de dogmas y verdades absolutas que han demostrado contundentemente su frágil andamiaje, pero que no es displicente, ni renuncia al ejercicio del criterio a partir de una escala valorativa diferente, que no cancela la posibilidad de proyectar el futuro. Empeño que problematiza, subvierte y destrona, pero no para regodearse en la corona y el cetro caídos, ni para hacer elegantes reverencias y pompas ante el trono desierto, sino para levantar nuevas voces que sustituyan la ausencia, aunque no colmen as expectativas de un idílico proyecto regio. Empeño, en fin, de la búsqueda, del reemplazo, de la sustitución y el reajuste, del toma y daca de un devenir involucrado».[5]

 

El diálogo o la subversión del grafiti hacia la historia se expresa, como se vio que sucedía con el tatuaje, tanto en el mensaje como en las circunstancias de creación. Crear un grafiti es un modo radical de rebeldía. Implica no solo una toma de postura en cuanto al cuerpo propio, sino la asunción de un riesgo: el de invadir un espacio citadino y plasmar allí una figura que no estaba en el proyecto inicial de la edificación.

 

La postura o ideología del grafitero es todavía más comprometida que la de un artista del tatuaje. La cultura hip hop lo considera (junto al MCing, al DJing y al Breaking) uno de sus cuatro elementos característicos. La lucha de instituciones oficiales, así como de arquitectos y funcionarios, contra el gesto rebelde que supone el grafiti se ha producido desde sus orígenes hasta casos más recientes, como el del célebre grafitero británico Banksy.

 

El grafiti suele estar oculto bajo un seudónimo, que permite al artista tanto identificarse autoralmente como ocultar su identidad para buscar protección contra las autoridades. Se ha comentado cuán cercano al vandalismo es el grafiti que se superpone a los monumentos. Al margen de cualquier juicio favorecedor de alguna de las dos manifestaciones, el grafiti sobre una escultura o una edificación patrimonial es, sobre todo, una reacción contra lo tradicional y lo histórico oficial.

 

El modo de hacer un grafiti es de por sí contestatario: con frecuencia de madrugada, con la rapidez de plantillas o aerosoles, desafiando a la vigilancia policial. El resultado: que en la cotidianidad el grafiti emerja de la pared y salga al encuentro del espectador, sin esperar que este acuda a la galería. Es una arte de transeúntes, de caminantes.

 

Aunque haya tentativas por toda la ciudad, el verdadero grafiti santaclareño sobrevive solo en espacios marginales y anónimos, resistiéndose al grafiti oficial, que se coloca en las áreas más públicas y visibles. Junto al tatuaje, las marcas de la ciudad declaran en el silencio y el anonimato la emergencia de la contracultura, de la voz cada vez más perceptible de nuestros artistas y jóvenes. Una voz que —sin estridencia— profetiza el advenimiento de una cultura subterránea y claramente inconforme con sus límites. 

 

 



[1] Severo Sarduy: La Simulación, en Obra completa, edición crítica a cargo de Gustavo Guerrero y François Whal, t.II, ALLCA XX, Madrid, 1999, p.1295.

[2] Margarita Mateo: «De la piel y la memoria», en Ella escribía poscrítica, Casa Editora Abril, La Habana, 1995.

 

[3] Ibídem.

[4] Debemos esta observación al profesor Ricardo Vásquez.

[5] Margarita Mateo: «De los muros y la escritura», en Ella escribía poscrítica, Casa Editora Abril, La Habana, 1995.

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