joomla templates

Jueves, 14 de Julio de 2016 07:29

¿POR QUE ME HA PASADO ESTO A MÍ?

Rate this item
(0 votos)

Le agradezco a mis padres, aunque estos no han sido católicos comprometidos sino sólo creyentes, que me hayan bautizado a los cuarenta días de nacida. A los trece meses de mi nacimiento se dieron cuenta que iba a ser una niña con una enfermedad para toda la vida y que físicamente no iba a desarrollar como mis dos hermanas, o sea normalmente. Así fue que la sobreprotección llegó a mi vida y entre médicos, hospitales, pero a la vez juegos de muñecas, transcurrió mi niñez que aunque no tan infeliz, no puedo decir que me pude dar el gusto de patinar, etc. Ya a los doce años dejé de caminar y me senté en una silla de ruedas, la que me ha acompañado hasta hoy. No fui a la escuela primaria sino que aprendía lo que me enseñaban mis hermanos.

 

En casa no se acostumbraba a rezar, simplemente se hablaba de Dios con la frase tradicional de “Si Dios quiere”, “Gracias a Dios”, etc., por lo que yo “creía” en Dios, pero no sabía amar a Dios. A los siete años estando ingresada en un hospital pediátrico en La Habana donde no permitían acompañantes, llegaron un sacerdote de sotana carmelita y una muchacha, que siempre he pensado era una catequista y ésta me preguntó, si sabía rezar, con toda sinceridad le dije que no y comprometió a la niña que se encontraba en la otra cama (mayor que yo) a que me enseñara, no recuerdo si lo hizo o no, pero si recuerdo que la muchacha antes de irse me dijo que todas las noches antes de dormir le dijera al Niño Jesús: “Niño Jesús, yo te amo”, cosa que he hecho por muchos años.

 

Siendo una joven, aprendí mecanografía ya que mi hermana tenía una academia, más tarde me dejó al frente de ella y así me costeaba mis gastos. Comencé a tener relaciones amistosas, y también recibí clases de piano pues soñaba con ser concertista.

 

Fui a la Iglesia por primera vez “embullada” por un amigo de la casa, la misa “no me dijo nada”; claro, él no me había explicado lo que era, pero me sentí bien allí y no por recibir una buena acogida de la comunidad pues no fue ni fría ni calurosa. Sentía que era algo bueno lo que experimentaba y ya antes de que comenzara a frecuentar la iglesia había encontrado un viejo catecismo que según mi madre era de mi abuelita y me lo leía tanto que me lo aprendí de memoria.

 

Tenía 16 años cuando un sacerdote se dio cuenta de mi existencia frecuente en la iglesia pues ya no esperaba que me llevara aquel amigo, sino que iba con mis amigas. El sacerdote le habló a una catequista y ésta me preguntó si quería tomar la comunión. Realmente no entendía mucho de lo que significaba la Eucaristía pero acepté hablar con el sacerdote. Hablamos durante horas y cuando finalizamos me dijo que ya me podía confesar y si deseaba vestir de blanco así lo podía hacer para recibir la primera comunión. Un día entre semana, en una misa sencilla y vestida de azul recibí al Señor por primera vez. Entonces comencé a tratar de conocer más sobre el Señor y leía libros de instrucción religiosa, de vida de santos, en fin todo lo que pudiera enseñarme y formarme espiritualmente a ser una cristiana verdadera.

 

Estudie de noche y obtuve el sexto grado, la secundaria, la facultad y la Escuela de Economía, además de finalizar el piano, pero tristemente tengo que decir que no tuve la aptitud necesaria para ser concertista y aunque me sigue gustando, por comenzar a trabajar en un centro asistencial de salud, dejé el piano, aunque no pierdo la esperanza de tener el tiempo de tocarlo de nuevo, aunque sea para mí solamente, como forma de recreo, el día que finalice mi trabajo en un centro estatal.

 

Recibí la confirmación sin una preparación previa, cosa que siento mucho ahora que comprendo lo importante que es, no obstante sé que el Espíritu Santo bajó sobre mí.

 

Como enferma si me he hecho la pregunta que todos (y estoy segura de ello) se hacen: ¿por que me ha pasado esto a mí? pero a medida que me he comprometido con el Señor, que he notado su mano sobre la mía, me he sentido dichosa de haber sido llamada así

 

Hace mucho tiempo pienso que en cada casa en que se halla un enfermo, ese enfermo es un símbolo del amor de Dios. Quizás piense así desde que una vez estado ingresada en Santa Clara me fue a ver un sacerdote con el cual había tenido alguna relación. Pensando en medio de mi tristeza que sus palabras iban a ser las tradicionales (“Tienes que tener paciencia”, voy a orar por ti para que te pongas bien”, etc.) sus palabras fueron diferentes: “Cuanto me alegra verte así. Dios te está probando, te ha escogido”. Me quedé estupefacta de pronto, luego me invadió una paz y un propósito: no voy a llorar ni quejarme más por mi enfermedad, si Dios me quiere así, aunque yo no lo entienda por algo será, pensé.

 

Mi vida sacramental era pobre aunque iba a las celebraciones eucarísticas frecuentemente y un día el Señor me hizo, lo que yo considero un gran llamado, el cual me ha comprometido para toda la vida. Una catequista me invitó a dar clases junto con ella, me enseñó como era y aunque con miedo acepté (no me sentía capaz) y atendí un grupo de niños que se preparaban para la primera comunión. Me sentí útil ante el Señor, importante. ¡que sé yo!, pero realmente, y ahora me doy cuenta, lo tomé en serio, como se deben tomar las cosas de Dios cuando El llama. Yo misma cambié en mi grupo la forma de dar las clases y aquello de aprender de memoria le agregué el copiarles un resumen de las clases para que lo “pegaran” en sus libretas.

 

Traté por todos los medios de hacerme de textos de enseñanza más modernos y lo logré. Participé en cursos en Remedios y aquí mismo en mi parroquia impartidos por sacerdotes y laicos comprometidos y estas experiencias me sirvieron de mucho en mi vida como catequista y en mi espiritualidad. Durante un tiempo también catequicé en una capilla que se hace poco se restauró y así transcurrió mi vida como catequista y transcurre, pues hoy día atiendo con el mismo entusiasmo a los adolescentes de mi parroquia, y aunque me he comprometido durante mucho tiempo con otras labores pastorales como cantar en el coro, atender un grupo de enfermos crónicos y minusválidos, dirigir un coro de niños, hacer y montar obras de teatro para fiestecitas parroquiales etc., siempre me he sentido en primer lugar catequista.

 

No ha sido impedimento el estar en una silla de ruedas para cumplir con este compromiso, al contrario, los alumnos se compenetran más conmigo y son los que me llevan a la iglesia y traen a la casa. Creo que el ser catequista ha llenado el vacío en mi vida al no ser madre, pues lo mismo le doy una clase a los niños, que los acompaño a una consulta médica o a una extracción de sangre, o nos vamos todos de pesquería o a bañamos en la playa. Siempre he pensado que el catequista tiene que serlo donde quiera que esté, y no solo ser catequista, sino amiga. También como todo catequista he visto como algunos alumnos se nos van de las manos, pero pienso que la semilla se sembró y ya Dios dirá lo demás. También me he sentido “premiada’, el Señor me concedió la gracia de ver un alumno que preparé para su primera comunión y con el cual siempre he mantenido lazos de familiaridad, convertirse en sacerdote de nuestra diócesis.

 

Como enferma también gracias a Dios, he desarrollado una vida útil en la sociedad, pero esto se los debo a mi fe. No me considero enferma con complejos y en mi trabajo me siento feliz y aunque pasé trabajando la época en que los cristianos sentíamos la marginación y yo la sentí, esto no me dañó mi espiritualidad. Mi fe siguió firme y así, hasta obtuve quizás la admiración de algunos compañeros de trabajo que eran ateos, quienes me decían que aunque no comprendían por qué yo no dejaba de ir a la iglesia, admiraban mi fe alegre ante las adversidades.

 

 

Trato por todos los medios de llevar mi enfermedad con alegría, y le pido a Dios no la sanación, sino la suficiente fe para vivir esta vida que Él me ha dado y que por algo será. Trato siempre de leer cada día lecturas que enriquezcan mi espíritu. Asisto a todos los cursos que existen en mi parroquia, pues no creo que ya me gradué del conocimiento de Dios y vivo con la esperanza (yo creo que todo católico cubano así vive también) de conocer personalmente ¿por qué no? al Papa cuando nos visite.

Tomado de: Amanecer, No. 14, Julio 1997