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Lunes, 27 de Junio de 2016 13:14

Encuentro de amor

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Mi nombre es Bertha María García Retana. Nací en Placetas, en mayo de 1952, en el seno de una familia de cinco hijos, de fe verdadera y comprometida, a costa de lo que fuera necesario sacrificar. En medio de ese ejemplo se desarrolló mi niñez y adolescencia, por lo que al llegar a la juventud, en los años turbulentos de los sesenta, estaba convencida de que Dios era lo fundamental de mi vida.

 

 

El testimonio de amor y unión que brindaba mi familia, además del que vivía en mi comunidad de Placetas, me hizo comprender que era esencial e importante que el hombre que escogiera para ser mi esposo debía tener los mismos ideales y fe que yo, pues de lo contrario se hacía muy difícil formar una familia que tuviera como centro a Cristo, en la situación que vivía Cuba en esa década.

 

En la comunidad manteníamos actividades recreativas: juegos, paseos al campo, etc., para tratar de mantenemos unidos. Los jóvenes impartíamos catequesis en la Parroquia y en las capillas, y tratábamos, en algunas ocasiones, de intercambiar actividades con comunidades cercanas.

 

Fue así que en el año 1967 el Padre José Antonio Hevia, entonces párroco de la comunidad de Santa Clara de Asís, convocó a una reunión de catequistas de la Vicaría de Santa Clara. Tenía yo 15 años y estudiaba el primer año del Pre Universitario. No podía imaginar lo que me regalaría aquel encuentro formativo.

 

Yo asistí a esa reunión junto con otros hermanos de mi comunidad. Allí nos dimos todos a conocer y fue que ví por primera vez a un joven de 20 años del pueblo de Esperanza, que acababa de salir de la UMAP, y que entonces estaba sopesando la idea de entrar en el seminario o seguir la carrera universitaria que había sido interrumpida al ser llamado, por motivo de su fe, a los campos de Camagüey.

 

Pasaron los años y los dos seguimos nuestros estudios. En el año 1970, al terminar el Pre-Universitario, escogí la carrera de Medicina. Para realizar esos estudios debía irme becada a La Habana, lo que motivó cierto disgusto a mis padres, pues hasta ese momento habíamos logrado la no separación de ninguno de los miembros de la familia. Ante tal situación, decidí cambiar de carrera, eligiendo la Licenciatura en Química, que se estudiaba en la Universidad Central de Las Villas y resultó que en diciembre, al ir a matricular, allí estaba Guillermo Alfonso, aquel muchacho que yo había conocido en el año 1967 en el encuentro de cate­quesis.

 

Él se había enterado por una prima mía, que era su compañera de estudios en la Universidad, que yo iba a estudiar la misma carrera que él y así surgió el encuentro nuevamente. En ese momento yo tenía 18 años, y él 23. Nos seguimos viendo y nos hicimos novios. Yo solamente hice un semestre de la carrera (él dice que fui a la Universidad para pescarlo, pero creo que fue Dios quien me llevó allí).

 

Él debía terminar sus estudios en diciembre de 1971, pero de nuevo se le negó el título, por lo que tuvo que comenzar a buscar trabajo. Esta búsqueda no fue fácil, debido a los documentos que por su condición de creyente le habían dado en la Universidad. Sin embargo, Dios aprieta pero no ahoga y en junio de ese mismo año comenzó a trabajar en la Empresa de Conservas como técnico, luego de someterse a una prueba de evaluación. Finalmente, en mayo de 1974, por medio de una carta de la empresa, le dan el título.

 

El 10 de diciembre de 1972, en Placetas, nos prometimos amor hasta que la muerte nos separe. Han transcurrido 26 años desde aquel día, y aunque Dios no permitió que vinieran hijos, nos hemos entregado al trabajo en la Parroquia de la Esperanza y cada día que pasa nos convencemos más de que Dios permitió este encuentro para bien nuestro y de su Iglesia.

 

Yo siempre les insisto a los jóvenes de mi comunidad sobre la importancia que tiene el intercambio con otras comunidades, pues sólo así podremos mantener la posibilidad del encuentro eclesial y ¿por qué no?, del AMOR.

Tomado de: Revista Amanecer No. 30, Marzo 2000.

Last modified on Lunes, 27 de Junio de 2016 13:22

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