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Miércoles, 25 de Febrero de 2015 09:27

Sandy, una experiencia vivida desde la fe

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Despierta, oh hombre, y reconoce la dignidad de tu naturaleza. Recuerda que fuiste hecho a imagen de Dios; esta imagen, que fue destruida en Adán, ha sido restaurada en Cristo…1

 

 

He querido comenzar este testimonio con esta frase de san León Magno, donde se invita a reconocer el valor de la dignidad del ser humano, como Hijo de Dios.

 

Sandy, trajo mucho sufrimiento, incontables pérdidas humanas y materiales pero también ha sido un llamado para descubrir que en Cuba hemos perdido, en muchos casos, el sentido de lo que somos y a su vez nos ha hecho preguntarnos como cristianos qué debemos hacer para devolverle a las personas su verdadero sentido: el de ser seres humanos.

 

Han transcurrido ya dos años desde el paso del huracán Sandy por nuestra tierra. Hoy, al volver la vista atrás no dejo de recordar la imagen de aquella noche del 24 de octubre de 2012. Cuando amaneció vimos los desastres en el Cobre, se escucharon las primeras noticias de personas que habían perdido la vida, muchos lloraban, otros se ponían las manos en la cabeza y comentaban que nunca habían visto algo igual. Eran las primeras impresiones de lo que sería y es aún una experiencia que marca para toda la vida.

 

Cuando los seminaristas regresamos a Santiago desde el Cobre, donde pasamos el huracán por encontrarnos de retiro, tuvimos el primer encuentro fuerte con un señor que se encontraba en medio de la carretera y al reconocer que éramos de la Iglesia nos lanzó la pregunta: ¿qué le ha pasado a Dios con este pedazo de tierra?

 

La sociedad cubana desde hace 54 años se ha empeñado en dejar a Dios de un lado, y ha incentivado el materialismo, que muchas veces nos hace ver a la persona sin ninguna dignidad esencial, siendo en la escala de la evolución un ilustre simio, un chimpancé evolucionado.

 

Ante situaciones como la de Sandy, las personas se preguntan por el sentido de la vida, se percatan de que hay algo más allá de lo material a lo que quizás han dedicado su vida, pero que al venir un viento todo queda atrás y entonces es cuando se reconoce ante una dimensión que lo trasciende.

 

Hoy el cubano carece de ese sentido trascendente, pero además, esta experiencia de Sandy nos habla de que debemos trabajar por una Cuba que le encuentre sentido a su existencia, que le dé una respuesta a la vida fundamentada en Dios y así poder entender con toda certeza que Dios estaba a nuestro lado cuando el viento rugía más fuerte, cuando el techo volaba en mil pedazos y nos teníamos que refugiar en lugares inimaginables.

 

Al llegar a la ciudad vimos mucha gente caminando por las calles, eran como espectros deambulando en medio de las ruinas. Mucha gente lo había perdido todo. Sin embargo, a pesar de la catástrofe, se veían personas que se congregaban en grupos informales para reconstruir lo que les había quedado, que perseguían un fin común: ayudarse mutuamente.

Fueron muchas las experiencias de solidaridad, de reconciliación, de enfrentar como hermanos los problemas. Un mar de martillazos invadía toda la ciudad devastada, eran las manos que trabajaban por tener un techo donde pasar la noche, donde refugiarse de la lluvia y el sol.

 

La familia, es otro aspecto en que pensar. Recuerdo a san Juan Pablo II, cuando en 1998 en Santa Clara celebraba la misa por todas las familias cubanas: Cuba, cuida tu familia, para que conserves sano tu corazón2 era su invitación, y es la misión en la que hoy debemos trabajar arduamente. El paso de este ciclón nos habló de que la situación familiar en nuestro país cada día empeora, llevando a una destrucción de la sociedad en sentido general, pues las relaciones familiares hacen al hombre, y su desarrollo correcto se rige por el amor, la amistad y la justicia.

 

La experiencia de ver familias que se encontraban divididas, ancianos que estaban solos sin nada que comer pues sus hijos no los estaban atendiendo, muchos hasta heridos producto a derrumbes, fue una de las realidades que más me chocó. Por otro lado, también Dios habla y nos dice que todo no está perdido y escuché testimonios de padres e hijos que estaban en conflicto y en el momento del paso del ciclón se tendieron la mano y supieron superar las rivalidades y el amor prevaleció ante la dificultad, de modo que Sandy también fue un medio para unir lo que estaba dividido.

 

Otra situación que habría que estudiar, y que considero la más penosa, es comprobar cómo el pueblo cubano en general ha perdido el deseo de vivir, y la resignación ha ocupado el lugar de la esperanza. Sandy ha destapado sin lugar a dudas la miseria material en la que se está viviendo, pero más allá de esta realidad que ya estaba presente desde hace muchos años, también hizo relucir la miseria espiritual que padece nuestro pueblo.

 

Ver como las personas vuelven a su cotidianidad, con la resignación y la tristeza marcando su rostro, muchos sin hogar o durmiendo en un cuartico improvisado, otros tantos refugiándose en el alcohol y formando grupos que en las calles jugaban dominó para evadirse de la realidad y no asumir los roles de ese instante, son situaciones que en lo personal me han hecho rezar mucho y descubrir que el cubano necesita hoy más que nunca de Dios.

 

Pobreza espiritual que además se refleja en actos concretos: ver a personas con un status más holgado al de la mayoría hacer una gran sopa y vendérsela a sus vecinos, escuchar de tantos casos de violencia en las calles donde la solución a los problemas se convirtió en atacar, robar y hasta asesinar por un pedazo de pan… creo que lamentablemente esta realidad se podría describir parafraseando a Hobbes, el filósofo: el cubano es el lobo del cubano.

 

Muchas de las ayudas humanitarias, no solo resultaron insuficientes, sino también tardías. Nunca olvidaré al visitar a una señora que había perdido toda su casa decirme que no tenía dinero ni para comprar la comida, que con qué pretendía el Estado que comprara un colchón para poder dormir, o los materiales para reconstruir su casa. Triste situación que nos llena muchas veces de impotencia.

 

Este espinoso entorno que envuelve al cubano se incrementó con el paso de Sandy haciendo más notorio que en nuestro país, siempre caracterizado por su solidaridad, camina hacia el individualismo. Para lograr el desarrollo de nuestro pueblo, cada persona, cada comunidad, debe practicar las virtudes morales y sociales, de manera que surjan hombres realmente nuevos y constructores de una sociedad en la cual el pensamiento no sea para uno mismo, sino en función de los demás, del bien común. En ese sentido cada cubano debe tomar conciencia de que es persona, es imperioso concientizarnos de que el ser humano tiene dignidad no de medio, sino de fin; no de instrumento, sino de sujeto con valor último.

Otro problema sociológico puesto de manifiesto tras el paso del ciclón es el del crecimiento acelerado de las epidemias que han surgido por la contaminación de las aguas y por la suciedad que encontramos en las calles de la ciudad, es curioso ver como las personas arrojan desperdicios, escombros justo frente a sus viviendas y con esto hacen su aparición mosquitos, ratones, cucarachas…

 

La contaminación ha provocado muchas muertes producto a la mala higiene, y las enfermedades como el dengue, leptospirosis y el cólera… y que cada día van en aumento. Esta es una cuestión que nos habla también de la penosa situación en la que viven muchos cubanos, pero además, refleja no solo la pobreza en la que se vive sino más bien la miseria que envuelve a nuestro país.

 

Ciertamente Sandy trajo mucha angustia a nuestro pueblo, sobre todo a los más necesitados, que en Cuba son la mayoría. Pero puedo decir hoy con el corazón en la mano que desde la fe, Sandy fue también un momento de gracia especial, en el que Dios nos ha estado hablando muy claramente, si tenemos oídos para escuchar y disposición para cumplir su voluntad aquí y ahora.

 

La destrucción de muchos de nuestro templos nos habla del salir de nosotros mismos, de dejar nuestras comodidades y servir a todos, de forma especial a los más necesitados que son los verdaderos templos vivos, de ser testimonios del amor de Dios en un momento en que el dolor, el sufrimiento, la desesperanza reinan en nuestro alrededor. Es hora de ser espejos donde se refleje en nosotros el rostro de Cristo que dice: no teman.

 

En lo personal la experiencia de estar presente durante esos acontecimientos ha sido muy fuerte en todos los sentidos. Durante ese tiempo el Señor me ha mostrado las respuestas a las preguntas que muchas veces uno se hace en el proceso de discernimiento: ¿por qué y para qué quiero ser cura hoy?

 

Doy gracias por haber estado en Santiago de Cuba hace dos años, cuando el huracán pasó por allí; fue un tiempo de formación humana y espiritual que Dios regaló a los jóvenes que nos formamos para ser los futuros curas de nuestra patria. Como dijo un sacerdote en esos días: esta ha sido la hora de hacerse verdaderos curas de almas.

 

 

(Footnotes)

1 LEON MAGNO, Sermón 7 en la Navidad del Señor, 2.6; LIT HOR VIERNES V T.O

2 Beato Juan Pablo II, Homilía en la ciudad de Santa Clara.

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