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Miércoles, 04 de Febrero de 2015 21:12

Testimonio misionero

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La foto del hasta luegoPadre Carlos, misionero argentino en Cuba, de la Diócesis de San Rafael, Mendoza


Hemos recibido una dosis inmensa de renovada alegría, fuerza y entusiasmo, con la llegada del hermoso grupo de misioneros, que recibimos en la isla cubana. Después de un recorrido durante unas dos horas por la hermosísima ciudad de San Cristóbal de la Habana, tan pintoresca, antigua y colmada de su rica historia de 495 años, partimos hacía nuestro destino.



Nuestra comunidad parroquial de Yaguajay, con el desborde de cariño que los identifica, desde temprano ya nos esperaban para abrazar a los misioneros, como si fueran los familiares que conocían desde siempre y les traían los mejores regalos, que aguardaban ansiosos. ¡Qué feliz y curioso misterio el de la comunión en la fe!, que sin protocolos diplomáticos, nos permite entrar rápidamente en sintonía, con quienes amamos a nuestro Buen Jesús y nos hace vibrar con una alegría que no se puede expresar con el esquema siempre empobrecedor de la palabra. Fue una verdadera fiesta de familia, de hermanos. Los misioneros, fueron en la noche a alojarse en los hogares que los esperaban con la mejor acogida y a descansar después del demoledor viaje y el cansancio acumulado.

El sábado y el domingo se inició la misión, recorriendo Narcisa e Iguará, con una respuesta magnífica, ante la alegría que los misioneros van contagiando a cada paso. Visitando las casas, los enfermos, jugando con los niños, charlando con la gente, conociendo sus costumbres, compartiendo la comida, recibiendo las mejores muestras de cariño y la más esmerada atención. Muchos sabían ya de esta misión, otros no tenían ni idea y sin embargo, pareciera que todos los estaban esperando.

El sábado a la tardecita, como es habitual, fui a visitar los enfermos del hospital de Yaguajay y lejos de aprovechar un momentito de descanso al llegar de la misión en Narcisa, las más jóvenes: Mili, Gaby y Georgi, me pidieron acompañarme.

En las noches, nos ha costado que la gente se vaya a su casa.  Entre Guantanamera y chacareras, nadie quiere que termine el festival.

Llevamos quince días de actividad muy intensa y pese al cansancio -porque arrancamos cada día muy temprano y volvemos a última hora- en los rostros de los misioneros, se escapa una contagiosa alegría, que está revolucionando cada comunidad.

Han sido incansables en recorrer las casas en cada comunidad, sorprendidos y conmovidos por las problemáticas -algunas muy tristes- con que se enfrentaron; llevando el consuelo, el mensaje de esperanza que sostiene y permite sentir en cada visita, que Jesús está siempre y así, han logrado renovar, rescatar o resucitar la fe de muchos. Lo hemos visto en la consecuencia inmediata, cuando al final del día de misión, en cada comunidad recorrida, el incremento de participación, nos decía a las claras que “Jesús está pasando por aquí”, y cuanto más que quizás nunca sepamos y que quedará en el corazón de Dios y de esta hermosa gente.

Los más jóvenes, como no podía ser de otra manera, han despertado una atracción contagiosa en los niños, sin querer despegarse, con juegos, canciones, vestidos de payaso y mucha, pero mucha alegría. Los frutos no se hacen esperar. Mili por ejemplo, en visita a una familia de Meneses, logró despertar en toda una familia el deseo del bautismo y es así que la semana que viene bautizaremos a uno de los más chiquitos de la familia, del que la misma Mili será madrina y para Pascua, se comprometieron a prepararse y casarse la madre y abuela del pequeño. Tres generaciones de fe aletargada y ahora en incipiente, pero esperanzador despertar. Y como éstas, cientos de anécdotas apostólicas y misioneras.

Capítulo aparte y motivo de alentadora esperanza, que llamó la atención a nuestros misioneros, es la invencible devoción a María de la Caridad del Cobre. Nadie puede dudar a esta altura de los acontecimientos, que Ella ha salvado y preservado la fe de los cubanos. Los almanaques que trajeron desde Argentina con su bendita imagen, han sido un furor y como siempre, Ella se las ingenió para meterse en cada hogar y en cada corazón. En verdad, ¡cómo se facilitan las cosas!, cuando Ella en los almanaques y en las remeras amarillas con su imagen, que invadían cada día las calles del pueblo, iba adelante como la Estrella que guía y la Madre que protege y conforta.

Hemos vivido sin descanso, estos 19 días de la misión de la diócesis, que llegó a su fin este lunes, con la partida de los misioneros muy tempranito hacia el Santuario de Nuestra Madre de Guadalupe en México.

Han sido días espléndidos, con muchísimas gracias que hemos recibido; cientos de familias a las que llegamos con la alegría del mensaje de Jesús y el amor a María de la Caridad, más de 100 enfermos y ancianos visitados, más de 40 participantes del retiro espiritual de conversión de 3 días, dirigido por el equipo de Malargüe, muchísimas juntadas de juegos y actividades con los niños, festivales de niños, en fin, muchas, pero muchísimas gracias y mucho trabajo que nos deja por delante esta hermosa misión, que han realizado con gran generosidad y entrega.

Hemos experimentado sorprendidos, lo que San Francisco Javier nos transmitía desde Japón:

Gran merced nuestro Señor nos hace con otras muchas… estamos confundidos en ver la misericordia tan manifiesta que usa con nosotros. Pensábamos nosotros hacerle algún servicio en venir a estas partes a acrecentar su santa fe, y agora por su bondad dionos claramente a conocer y sentir la merced que nos tiene hecha, tan inmensa, en traernos a Japán, librándonos del amor de muchas criaturas que nos impedían tener mayor fe, esperanza y confianza en él. Hízonos Dios tanta merced en traernos a estas partes, las cuales carecen de abundancias. Vivimos en esta tierra muy sanos de los cuerpos. ¡Pluguiese a Dios que así nos fuese en las almas! (A sus compañeros residentes en Goa, Kagoshima 5 de noviembre 1549)

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